domingo, 15 de mayo de 2016

Springsteen E S P E C T A C U L A R

No sé si empezar por la lluvia que nos cayó antes de llegar al Camp Nou, pero sin consecuencias, fue peor el vaso de cerveza en el pie izquierdo al principio del concierto; o por cómo, sin querer, nos saltamos la cola, “¡vamos, vamos, pasen por aquí!” cuando íbamos a colocarnos en la del acceso 2; o cómo acabamos en los lavabos de caballeros para el pis preventivo; o cómo saltábamos al campo a quince minutos de las ocho, y pa’lante, derecha, y oye, que no estamos tan mal, que el pit está ahí delante. 
La hora de espera pasa entre cánticos blaugranas, los justos, una cerveza grande compartida, ojeadas al cielo, que por la derecha está azul (yo, la optimista) pero mira que negro viene por allá (Rayuelo, acordándose de mi “está parando” del FIB 2009), y mi emoción al ver a los técnicos de luces subir arriba (siempre me ha parecido flipante que haya dos o cuatro tipos encaramados a la estructura superior manejando los focos). 


Las 21:01 y no sale, y parece que quitan la música pero no, y vemos movimiento en el backstage y sí, no me fijo en la hora pero ya empieza, y a toda castaña, Badlands y los gemelos puestos a prueba por primera vez esta noche. Cuando salto veo el escenario perfectamente, lejos pero bien, jump! Sin pausa para respirar, one, two, three, four! No surrender y pensaba que no la tocaría y primer deseo cumplido, y no pares de saltar y cantar, bueno, de saltar sí, descansa y baila, My love will not let you down. Sigue, por fin, The River, canciones del disco, no la canción, la celebración de los 35 años de la edición es la excusa de esta gira, y encadena The ties that bind, Sherry Darling, Jackson Cage y Two hearts. Debió de ser durante alguna de estas cuando de la plataforma baja que lo acercaba a la primera fila y a los laterales, alehop, ahora no me ves, ahora estoy en la cámara que tenemos a pocos metros y no sé cómo no hay avalanchas pero no las hay, y tengo a Bruce a ¿10, 15, 20 metros? La multitud hace que parezca que está más lejos de lo que está en realidad. Sobre el escenario, la complicidad con Steve Van Zandt, maravillosa. Nos quedamos sin Independence day, que hubiera completado la primera cara del primer disco, porque la cambia por I’m going down, a petición del público. Mal pero I remember back when we started, my kisses used to turn you inside out. Y yo empecé con una cinta TDK de 90 en la que alguien me grabó BITUSA en una cara y Born to run en la otra y del 86 al 90 sonó en mi cassette Philipps una y otra vez. Después de la licencia populista (rugía Twitter), Hungry heart, y la pista era una fiesta, Out in the street, sigue bailando, I wanna marry you y The River y el Camp Nou encogido de emoción y los móviles son los nuevos mecheros. Sobrecogedor. Ruge Twitter que nos quedamos sin You can look (but you better not touch), que en la cara dos del primer disco va en medio de estas por las peticiones, y es una pena porque es oir el rif de guitarra ninini ninininininiiiiiii inicial y se me van los pies. Pero basta de rock’n’rollear, estábamos en el ambiente recogido de The River, que dio paso a una Point Blank brutal, el primer gran y sobrio despliegue de poderío vocal, piel de gallina y las notas iniciales del piano de Roy Bittan, uff. Ruge Twitter que la gente habló durante esta canción, y suscribo que los que lo hicieran merecen el infierno, pero ayer estábamos de suerte, nuestro sector fue un dechado de entrega en las canciones que conocía y escucha respetuosa en las que no. Un redoble (mención especial a Max Weinberg, ¡qué jefe!) y un rasgueo de guitarra me bastan para reconocer Atlantic City y jump! Love it!  La única de Nebraska, Johnny 99 o Reason to believe hubiera sido pedir demasiado. Darlington County y me doy un paseo por las primeras filas, yo no, Bruce, a recoger cartones, con las peticiones escritas. Escoge uno, en una cara tiene Growin’ up y en la otra Glory Days. Le va dando la vuelta esperando la reacción del público para decidir cual canta. Yo ya había gritado Growin’ up antes de que sacara el cartelito, así que me costará perdonar que eligierais Glory Days, malditos roedores. Pero ya que estamos, cántala, que te la sabes, como todas. Sigue I wanna be with you, también una petición, y bien, pero si fue por esa por la que me quedé sin Cadillac Ranch (hey, little girlie in the blue jeans so tight, drivin’ alone through the Wisconsin night) y I’m a rocker, igual no tan bien. Vuelve al redil The River con Ramrod (la única del setlist de la que no consigo recordar el título pero sé que lo sacaré en cuanto llegue a casa, y sí, la saqué, claro), The Price you pay, tan bonita que es un pecado que igual hiciera quince años que no la escuchaba pero qué bien que aún me sé la letra and girl before the end of the day I’m gonna throw it away y el corazón en un puño, y Drive all night, you’ve got, you’ve got my, my love, heart and soul y voy a explotar de emoción. Las últimas de The River, y ha seguido el orden del disco y voy mirando la hora en una cuenta atrás, cuanto más cerca de las doce, más cerca el fin, tras las tres horas de rigor. No sé qué hora era cuando empezó Lonesome day, pero aún quedaba un buen puñado de canciones. Un buen puñado de cosas muy serias: Prove it all night (jump!), The Promised land (¡canta, corea!),  Because the night (belongs to lovers y la aclaración que tuve que hacer de que la canción es suya y la prestó) y ahora sí, cosa seria y fina, She’s the one o mi segundo crescendo favorito, probablemente; Brilliant disguise, delicada, preciosa, aunque sea de uno de mis discos no-favoritos, The rising, y ya que tocaba dos de ese álbum podría haber metido Into the fire, aunque si tengo que elegir, Candy’s room, primer crescendo favorito ever, y así seguía con las de Darkness on the edge of town (tocó tres, no está mal) y hubiera sido mejor la transición a Thunder road, oh thunder road, la armónica me hace un nudo en la garganta y el corazón y las lágrimas asoman, y ruedan mejillas abajo, so you’re scared and you’re thinking that maybe we ain’t that young anymore, show a little faith, there’s magic in the night  y sí, hay magia esta noche y la canción crece y vuelve el optimismo, oh, oh, come take my hands, we’re riding out tonight to case the promised land, y al final, it’s a town full of losers and I’m pulling out of here to win, Ia redención. 


Son las doce pero Bruce no tiene ninguna intención de parar, ni nosotros ganas de que lo haga. Dicen que a partir de aquí eran los bises, pero vaya, parón no hubo, o yo no me enteré. El homenaje a Prince fue lo siguiente, Purple rain, gran ovación, gran emoción, gran solo de Nils Lofgren. Perfecta. Inesperadamente, Born in the USA, esperaba que no la tocara, pero vamos allá, I’m forty years burning down the road, claro, los diez de la letra original hace tiempo que pasaron, y tarrrrrannnnnnn Born to run, quiero morir de felicidad. Ahora, ya está, fin. Las luces del Camp Nou se encienden, I wanna know if you’re love is real, sí, Bruce, our love is real, ya lo sabes, bribón, no nos importa recordártelo. Love for you y por toda tu banda, tu bendita banda. Las luces ya no se apagarán, sigue la fiesta con Dancing in the dark, una chica sube, quiere bailar con Jake Clemons, y lo hace, y una chiquilla, que dice en un cartel que hoy es su 18 cumpleaños y si la saca a bailar, se lleva el premio gordo. Empieza Tenth avenue freeze-out y como hace años que no iba a uno de sus conciertos me emociono cuando the big man joined the band e imágenes de Clarence y Danny aparecen en las pantallas. No hay tregua para la emoción, la canción es festiva, festivo es el ambiente en la pista y las gradas, e intuimos que se acerca el final, pero aún no ha presentado a la banda, y Shout, despiporre de festa major, y por fin, la presentación. Ahora sí, ¿el fin? Son las doce y media, creo. Pues no, Bobby Jean. A las 00:40 la banda se agrupa al borde del escenario y saluda y tot el camp és un clam, de caras de felicidad, sonrisas radiantes y alguna ligera lumbalgia aquí, un dolor de rodilla acullá, y se retiran, o lo intentan porque Bruce Springsteen, ese señor tres años más joven que mi padre, dos que mi madre, no tiene bastante, y hace gestos de que es muy tarde, tocándose un reloj de muñeca imaginario, pero es que no lo puede evitar, necesita más, Twist&Shout, come on, come on, come on baby now, esto es un sindiós, la traca final, y acaba, a las 00:50 en mi reloj, y se van y a Bruce se lo llevan, porque si se descuidan, cae otra. 


Fin. 

Hay que reflexionar, ¿no? El recuerdo de los anteriores conciertos es muy débil, demasiado para comparar. Los del 99 quizás. Pero creo que no. Tamaña colección de hits, pese a las ausencias y cambios; las más de tres horas y media de concierto; la energía y entusiasmo de Springsteen, la E Street Band y el público; las ganas que le tenía yo a esta gira; lo cerca y bien y cómodos que lo vimos, aún en un estadio; el sonido, impecable, pese a que Twitter también rugiera, parece que en algún sector no se oía bien; todo hace que quizá, probablemente, sea el mejor concierto de Springsteen que habré visto, y que entre directo en mi Top 10 de directos vividos. No preguntes ahora cuáles serían los otros nueve. Fue E S P E C T A C U L A R y sólo quiero conservar este sentimiento de felicidad absoluta unos pocos días más. 

PD1: Lourdes, Mar, Matías, Jesús, ¡gracias por la compañía! 

PD2: me descacharro con mi setlist, no os podía privar de nomsirrender, goung diwn o the trising, entre otras perlas. 
badlands
nomsirrender
love will not down
ties
sherry darli g
jackson
two hearts
goung diwn
hubgry
out street
here she comes walking down the street - marry you
river
point blank
atlantuc
drlington county - moment recullo cartells
glory days jo volia growing up
i wana be eith you
cone on cone on littel dugar/darling
price you pay
drive all night
lonesome day
prove it
promised land
because the night
she's the one
brilliant gishuise
the trising
thunder road - lagrimones
purple rain
BITUSA - canvi lletra: 40 years
born ti run
dancing dark
10th ave frezze - big man joined fotos, danny tambe - bandera alemans
shout - Presentació
bobby jean

encore (gest es molt tard)
twist & shout

sábado, 14 de mayo de 2016

Springsteen y yo es un título muy pretencioso


El primer concierto de Springsteen al que podría haber ido, el 4 de agosto de 1988, me pilló con los quince años por cumplir y a casi 300 km de Barcelona y con unos padres que ni consideraron que yo estuviera pidiendo en serio ir. El siguiente dolió más, porque fue el de Amnistia Internacional, el 10 de septiembre de ese mismo año, y mis primas fueron, pero de nuevo se impuso la sensatez paternal. Lo viví como una pequeña tragedia, quizá la primera tragedia no-sentimental de la adolescencia. 

No recuerdo si hubo alguno entre esos dos y el de 1992, el primero al que fui. Creo que no. La gira del 88 era la de Tunnel of Love y la del 92 fue la de Human Touch / Lucky Town. El concierto al que fui fue el viernes 3 de julio del 92. Mi primer curso de universidad en Barcelona había terminado a mediados de junio. Aquel año las clases y exámenes acabaron antes porque la ciudad se preparaba para las Olimpiadas. Bajamos de Llesp, la memoria es difusa, con mi tía Fina y mi hermano Xepp, es posible que alguien más. Algún percance tuvimos en la carretera que hizo que llegáramos a la Monumental poco antes de que empezara y nos tocara en la parte más alta del tendido de sombra. Se veía lejísimos y se oía peor, y no iba con la E Street Band, pero ¡caray! era mi primer concierto de Springsteen, algo con lo que venía soñando desde que tenía 13 años. Voy a decir que me emocioné cuando tocó Born to Run, porque supongo que la tocó, pero en verdad recuerdo muy poco de aquel concierto. Solo que en algún momento nos levantamos de las banquetas y brazos en alto y lágrimas corriendo por las mejillas berreé alguna canción como si me fuera la vida en ello. 

Tenía la suerte de cara, en diez meses fui a mi segundo concierto. Ese fue en mayo, fue en el Estadi Olímpic y fue apoteósico. Cristina y yo nos plantamos a las cuatro de la tarde en las escaleras de acceso, plagadas de fans y de toda la fauna que poblaba por aquel entonces los alrededores de los conciertos, que teníamos controlada de los cuatro conciertos de El Último de la Fila a los que habíamos ido en febrero. Los reventas, el argentino que vendía fotos en papel, los hippies, todavía no eran perroflautas, ni okupas, ni pakis, que vendían cerveza ¿fresca? que guardaban en carritos de la compra. Cuando abrieron los accesos corrimos escaleras arriba, pasillos adentro, escaleras abajo, campo a través, para plantarnos a más de veinte metros de la primera fila. Otros habían corrido más. Nos sentamos en el suelo, salvo los que estaban a pie de valla, casi todos los hicimos. ¡Que quedaban tres horas hasta que empezara el concierto! Pero a las siete a alguien le entró la histeria, la gente empezó a levantarse y apretarse hacia adelante y empezaron dos horas de pesadilla. Estábamos apretados, no corría el aire, y había avalanchas. En una me vi levantada y transportada un metro hacia la izquiera sin tocar el suelo. Luchando por no caer y no separarnos. Por delante sacaban una chica desmayada cada diez minutos. Toda esa pesadilla, a pelo. Sin una canción a la que agarrarte, que te haga emocionar y enloquecer y olvidar que puedes morir aplastada si tropiezas y te caes. Resultado, cuando finalmente empezó el concierto, aguantamos aquella locura durante cuatro canciones y nos rendimos, y agotadas, fuimos hacia atrás. Me encontré a mi futura cuñada con un amigo. Mi hermano y otro amigo se habían ido adelante. Volvieron cuando había trasncurrido más de medio concierto. Mi hermano llevaba la camiseta y la camisa que llevaba encima empapadas en sudor. Me dio la mano diciendo “con esta he cogido a Bruce cuando se ha subido a la valla a saludar al público, le podía haber quitado el anillo de casado”. Tal cual. Habían ido avanzando hasta plantarse en segunda fila centro. Hasta que se cansaron. Me quería morir. 
En esa gira aún no había recuperado a la E Street Band. Llevaba músicos de oficio, bastante apañados, que fueron los únicos que conseguí ver en los dos días que monté guardia frente a Le Meridien, con la tribu de superfans. Dos días de apenas comer, beber ni dormir. Esperando, si ya no verle salir, al menos cruzando el vestíbulo del hotel. Ni eso. Roy Bittan huidizo y gracias. Los músicos sí se dejaban hacer fotos, encantados. Y Brett Anderson abrazado a Justine (u otra chica igualita a ella) entrando atemorizado en el hotel y mirándonos luego desde una ventana de uno de los últimos pisos. Apuesto a que fui la única de los que estábamos allí que reconoció al cantante de Suede. 
No recuerdo si la guardia fue antes o después del concierto, ni recuerdo el setlist, o parte de él, aunque creo que hizo un concierto similar al de julio, con mucho de Human Touch y Lucky Town y un buen puñado de los hits de siempre. Sí recuerdo acabar exhausta, física y emocionalmente. 

Sólo tuve que esperar dos años para asistir al tercer concierto, el más especial de todos. Conseguí entradas por la benevolencia de uno de los amigos de mi hermano, que, quizá, se sintió culpable al saber que yo no lo había conseguido y él sí por colarse. Porque os quejáis de los servidores caídos y las colas virtuales, pero no sabéis las que se liaban en esos años a las puertas de la tienda de discos que hubiera decidido acoger la venta de entradas. La venta de entradas para aquellos conciertos del Tívoli, también en mayo, 1995 fue un despropósito, calle Mallorca a la altura de Balmes medio cortada incluida. Pero conseguí mi entrada, y era buena, platea, fila 20, con Josep Guardiola sentado unos asientos más allá. Presentaba The Ghost of Tom Joad e hizo un concierto austero, guitarra y armónicas, calmado, hasta que al final tocó algún hit (me falta mi diario para completar la memoria) y alguien se levantó y se dirigió al escenario y ese día no fui una mema prudente que se queda inmóvil en su asiento. Ese día me levanté y me apelotoné contra el escenario y esos menos de diez metros serán lo más cerca que probablemente vaya a estar de Springsteen en mi vida, y estuve allí durante las últimas cuatro o cinco canciones, las de bofetada nostálgica. 

Después de aquella maravilla hubo que esperar cuatro años, hasta 1999, pero la espera valió la pena. Bruce volvió a reunir a la E Street Band. El sueño de la adolescente de 13 años estaría completo, por fin. Tenía que ver a Springsteen flanqueado por las guitarras de Steve Van Zandt y Nils Lofgren, con Max Weinberg aporreando la batería, Garry Tallent al bajo, Roy Bittan al piano, Danny Federici a los teclados y por supuesto, Clarence Clemons al saxo. Los otros conciertos habían sido sucedáneos. Deliciosos y apetecibles, pero sucedáneos. Así que compré mi entrada, con las habituales colas de media mañana, para el viernes 9 de abril, en el Palau Sant Jordi. Esta vez no hice cola antes, ni pretendí situarme delante. Entré tranquilamente hora u hora y media antes de que empezara, de sobras, nos situamos por la mitad, lateral izquierdo, holgados, y vi el concierto por las pantallas pero pudiendo bailar, saltar, cantar y desgañitarme todo lo que quise y más. En el sábado de resaca emocional Cristina apareció para convencerme de ir al día siguiente, domingo. Quedaban entradas en taquilla, aunque os parezca imposible. Lo anunciaban en la radio repetidamente. Así que, probablemente fundiéndonos la superviviencia de lo que quedaba de mes, nos plantamos en las taquillas de Aribau y compramos nuestras entraditas al módico precio de 6.000 pesetas, unos 36€. El domingo volvimos a enloquecer. 

Quiero aclarar que a partir del 94-95 había empezado a desengancharme de mi Springsteenmanía. Había mucha música ahí fuera, música que me emocionaba tanto o más, de grupos más pequeños, infinidad de ellos, que daban conciertos más a menudo, a precios más bajos. El grunge y el britpop se disputaban mis oídos y mis bailes nocturnos en el New York, Panam’s, BIPP, Biarritz y otros antros en los que jamás sonó Springsteen (faltaban años para que Coco pinchara Born to run casi al final de su sesión de cierre del Primavera Sound). 
Así que empecé a saltarme algunos de sus conciertos, algo impensable años atrás. Aún acudí fielmente al concierto de 2003, sábado 17 de mayo, en l’Estadi Olímpic otra vez, con Xepp y Eva, y probablemente alguien más. 40€ costaba la entrada general, quién los pillara. Al de octubre de 2006, en el Palau Sant Jordi, la entrada ya a 74€, en ascenso imparable, fui con mi tía Fina, tantos años después del primero, Jaume, y otra Cristina. Eran las Seeger Sessions y lo vi sentada, y poco más recuerdo. Esa fue la última vez que le vi y hace casi 10 años. 

No sabéis las ganas que tengo de que lleguen las 9 de la noche.  

PD: en el tema entradas "coleccionables" hemos ido muy, muy a peor. 

domingo, 21 de febrero de 2016

El pop me está abandonando

Dicho así suena a boutade para llamar la atención, y algo de eso habrá, probablemente, y resulta poco creíble si has ido a un concierto de pop/rock por semana desde final de enero y tienes entradas para otros en los próximos meses, más un par de festivales, etc., etc. 
Pero es cierto, al menos en parte, y lo era más hace un par de meses. Algún tropiezo emocional, un resfriado muy fuerte que duró tres semanas, la oscuridad de diciembre, física, no metafórica, el frío, poco este año, pero el frío, me invitaron a acurrucarme bajo una manta a leer. 
Al mismo tiempo, grupos que me gustan o que gustan a gente de cuyo criterio me fío sacaban disco, o canción, y no escuchaba ni una. Los saraos musicales de que tenía noticia me daban, en general, pereza. La perspectiva de salir de casa, estar de pie un par de horas viendo un concierto, bebiendo cerveza fría cuando lo que me apetecía era un té caliente, y saludando conocidos y hablando con amigos significaba horas de lectura perdidas. 

Mi gran pasión, y la primera, es la literatura. O la lectura, por ser menos grandilocuentes. 
Mi madre nos mandaba a dormir después de cenar, nada de tele. Eso sí, carta blanca para leer en la cama una hora más si queríamos. Luego hacía la ronda para apagarnos la luz, que a menudo volvíamos a encender cinco minutos después. Digo volvíamos porque doy por hecho que mis dos hermanos, en sus cuartos, hacía lo mismo. Fuimos lectores voraces. No ver Sandokan nos convertía en parias que no tenían qué comentar al día siguiente en el cole, pero si me importaba poco entonces, imagina ahora, que solo tengo agradecimiento por esa inflexibilidad materna a la hora de ir a dormir. 
Mi primer carnet fue el de la biblioteca del Pont de Suert. Te dejaban sacar dos libros para devolver en quince días. No siempre apuraba el plazo. También nos compraban y regalaban libros, y a partir de los diez o doce años leíamos los de mi madre y los de uno de mis tíos, pero la biblioteca fue nuestra salvación en un pueblo pequeño donde solo se vendía algún libro en el estanco y en una papelería. No tener un libro de reserva para cuando me acabara el que estuviera leyendo me creaba ansiedad. Buscaba por las estanterías alguno que me apeteciera de los que no había leído. O alargaba la lectura hasta que pudiera ir a la biblioteca. Quizá por eso desde que empecé a cobrar un sueldo compro muchos más libros de los que tengo tiempo de leer. Ver esas pilas me tranquiliza. La ansiedad por no leer más rápido es más llevadera que la de no tener qué leer. 

No solemos pensar en las cosas que hacemos por inercia. Pero un día me di cuenta de que siempre he leído, que es probable que de los 365 días del año pueda contar con los dedos de una mano aquellos en que no abro un libro. Porque siempre, al menos, leo un rato en la cama, antes de dormir. De hecho me cuesta dormirme si no he leído, aunque sea  una página. ¡Si hasta leo los sábados del primevera después de haber sobrevivido a Coco, a la vuelta en metro, a la búsqueda de un bar para desayunar!  
En cambio, hay días, semanas enteras incluso cuando estoy de vacaciones, en las que no he escuchado nada de música. Lo que se oye por los altavoces de los bares y tiendas no cuenta. Hablo de escuchar música: tomar un dispositivo reproductor, elegir, o no, un grupo, una canción, una lista, y prestar atención a lo que oyes, aunque estés haciendo otra cosa. 
Puedo no escuchar música. Pero no puedo no leer. 

En estos meses en que me refugié debajo de una manta con un libro por escudo, por algún motivo, en lugar del silencio habitual, preferí música clásica a volumen mínimo. Eso llevó a escoger también la clásica para trabajar. Ir al trabajo por la mañana era uno de los pocos momentos en que escuchaba pop o rock. Así que cuando acompañé a mis padres al concierto de Raimon a l’Auditori fue natural coger un par de folletos con la programación de música clásica y estudiarlos más tarde en busca de algún concierto barato con el que iniciarme. Porque no tengo ni idea de música clásica, eso es así. Pero como con el vino, a fuerza de ir probando aprendes a distinguir lo que te gusta de lo que no. Hay unas selecciones estupendas en youtube de grandes compositores, y un vídeo te sugiere otro. O en spotify, los “artistas similares” son una fuente inagotable. Así que al cabo de los meses ya tienes un par de favoritos al menos. 
Uno de esos conciertos “baratos” fue el 30 de enero. Del ciclo de música de cámara. Compré la entrada esa semana. La platea de la sala 2 de l’Auditori ya estaba casi completa. Fila 15, asiento 1. Última fila, primer asiento del pasillo. Por sacar la cabeza si me tocaba, como efectivamente me tocó, un alto delante. Un cuarteto de cuerda, Quatuor Ebène, y Haydn, Debussy y Beethoven en el programa. Fue maravilloso. En la tercera pieza* del Cuarteto de cuerda en Sol menor, op.10 de Debussy tuve un fugaz Stendhalazo y se me plantó en la cara una sonrisa explosiva y contenida como en el concierto de rock al que había ido el día anterior. En fin, maravilloso. 

Si a todo esto le sumas la lectura del libro de moda, Instrumental de James Rhodes, esto se me antoja el inicio de una bonita amistad. Ese libro se ha convertido en mi guía básica de compositores, obras e intérpretes actuales a los que seguir. La historia personal es terrible, pero su amor por la música clásica es contagioso. He estado mirando la programación de clásica en la ciudad para los próximos meses y ya tengo entrada para un recital de piano en el Palau en abril. 

Soltada la perorata admitiré que es imposible que el pop me abandone. Que seguiré yendo a conciertos al apolo, al sidecar y donde haga falta. Pero que así como algunos periodistas musicales de esta ciudad se han volcado en el reggaeton como alternativa al pop-rock indie y/o underground (para entendernos y resumir), yo he descubierto la sopa de ajo con la clásica, y es un camino que pienso explorar. 

*Mi ignorancia en clásica hace que no sepa cómo se denomina cada parte de una composición, me perdonarán los entendidos. 


Esta semana he estado escuchando esta maravilla. 



sábado, 30 de enero de 2016

En una nube bajo el mar

El primer concierto del año llegó un poco tarde. Lo del BIS el día 10 no cuenta por el mínimo nivel de atención prestado a los grupos y las constantes fugas a la calle en busca de una copa decente. 

Joaquín Pascual y Fernando Alfaro tocaban juntos pero no revueltos en music hall. Bueno, al final, revueltos, pero no adelantemos acontecimientos. 

Entrar en la sala con los primeros acordes del concierto de Joaquín Pascual, un cuarto de hora después de la hora anunciada de inicio, en horario casi infantil, las 20:30, ese que te obliga a meriendacenar, o no cenar, o salir entre conciertos o. 

A Pascual no le he seguido como a Alfaro. Algo de Mercromina, sí. Poco de Travolta. Nada en solitario. Error a reparar. Llevaba una banda fantástica y crearon una atmósfera especial, envolvente y ensoñadora, inquietante también. Y sutil. Qué cursi me ha quedado esto. Una canción, no sé decir cuál era, me hipnotizó. 
Súper concierto. 

Tras diez-quince minutos cambiando instrumentos y cachivaches, Alfaro. Presentaba, ¿otra vez?, su último disco, Saint-Maló, y la primera parte del concierto no me acabó de convencer. Las canciones sonaban demasiado crudas, les faltaba algo. Salvo Tempus Fugit y Velero, que, bises aparte, cerró el concierto. Me dio por pensar que Alfaro es mejor letrista que compositor. Se me pasó. También salvo Saariselkä Stroll (cucurbitacea, cucur-cucurbitacea) pero claro, si la toca entre Magic y El detonador emx-3, te ablandas. Cayó Rifle de repetición, pero no, no salió Pascual. Hubo que esperar a los bises. La mente del monstruo precedió a Fuerte, cuando sí, por fin, los dos ex-Surfin’ Bichos se juntaron en el escenario y fue un apoteosis colectivo de brazos en alto, gargantas cantando a gritos y sonrisas en la cara. Al menos en la mía casi estalla. No podía creer tanta felicidad. Una canción que te hace retroceder veinte, veinticinco años. O no tanto. A mí siempre me lleva al ámbar, primeros dos mil, un día que pinchaba Iván y la puso y justo entonces entró Jesús, dando saltos y cogiendo a alguien obligándole a saltar con él mientras la cantaba a gritos. 
Tempus fugit dice “ tenías toda la vida por delante, y ahora la tienes toda por detrás” y en ese detrás están todos los conciertos de Alfaro, y ayer desfilaron por mi cabeza. En la memoria reciente, los conciertos acústicos en el Helio, estupendos. Los de Chucho, en primaveras distanciados por casi diez años, eléctricos y emocionantes. En El Sol de Madrid, enero de 2002, presentando Diarios de petróleo. 

Pero como dice Magic, “lo mejor de nuestra vida aún está por ocurrir”. Eso espero. Eso creo. 

martes, 3 de noviembre de 2015

BIME 2015

El cartel de este año no tenía tanto atractivo como el del año pasado, pero Bilbao es una ciudad que mola, donde se come estupendamente y en la que, visto lo visto, se alarga el verano el fin de semana del BIME. De jueves a domingo casi todo el rato en manga corta, noche del viernes, exteriores, incluida. Que no soy de Bilbao pero del norte montañoso sí, algo se tenía que notar. 
Las últimas confirmaciones (Planetas, Richard Ashcroft, Stereophonics, Zola Jesus, si mi mala memoria para estas cosas no me falla) añadieron alicientes a los ya conocidos: The Go! Team y !!!, y ya se me ha olvidado el resto. 
No contaré la visita al Guggenheim (expo de Basquiat cazada al vuelo, ¡terminaba el domingo!), ni las tapas y pinchos, ni la excursión en barco por la ría el sábado, ni el mero en un restaurante a pie de playa en Guetxo, os lo imagináis, ¿no? Dura, la vida del festivalero.

¡Al lío, el festival! 
Nada de cola en el acceso, mejor, registro de pulsera para pagar medio hecho, carga hecha en 3 minutos tras entrar, recelos por el método cashless auyentados en un tris. Nos comimos nuestras previsiones de fracaso. Muy bien, incluso ya me han devuelto la pasta, como prometían. Los que no me la devolvieron, y eso que me tangaron De viaje, fueron Los Planetas, pero me estoy adelantando. 

Llegamos a Zola Jesus, hay muy poca gente, tan poca que en seguida vemos a Laura por un lado y a Jesusito de Jesús por otro. ¡Viva! Me encanta saludar gente en los festivales. La Lady Gaga gótica, dijo Laura, y a fe que sí, solo había que ver como bailaba, intentando imitar los cabeceos de sobra conocidos de nuestra querida Walkiria. Me quedé con Laura y Jesús mientras el resto de la expedición barcelonauta se iba a Benjamin Clementine. Yo decidí no ir porque es muy bueno y ya me lo había perdido en el Vida y enmendar errores, ¿para qué? No era el día, me estaba gustando Zola Jesus y quería ver bien a Los Planetas, qué sé yo. Pues eso, que Zola Jesus bien, me acojoné cuando me pasó al lado al marcarse un Matt Berninger, y eso que no es mucho más alta que mi sobrina de 9 años. Tiene presencia y actitud, y las canciones, unas mejor que otras. Pedazo crónica me está quedando, ¿eh? 

Entre avituallamientos (este año la zona de comida es exterior) y wc pasa el rato, paso de Everything Everything, me saluda Nele de Neleonard (tú eres de Barcelona, ¿no? y hablando, hablando, me entero de cositas de su próximo disco y le digo que Jesús ronda por ahí) y me da tiempo a ver dos canciones de Benjamin, que por suerte para mí no son suficientes para maldecirme por habérmelo perdido. 

Vuelvo al escenario de Los Planetas, sola. Los barones quieren verlos pero llegan cuando está empezado y es imposible encontrarse y por primera vez voy a  verlos “on my own”, y me apetece. A ver qué pasa. Pasa que cuando la tercera canción es Rey Sombra se me pone un nudo en la garganta y casi me saltan las lágrimas. Por la juventud perdida, por la vejez-viruelas alcanzada, que sé yo. Concierto extraño, de sonido justo (ese escenario el viernes sonó como el culo, en general), J se equivocó en la letra de dos canciones (pondría la mano en el fuego, aunque en realidad, ¿qué más da?), corto, y más corto si le robas una canción al setlist (¿por qué?). Setlist que se quedó un chaval extremeño pero del que me dejó hacer foto. Nudo en la garganta otra vez en Santos que yo te pinté,  emoción contenida en Nunca me entero de nada y saltos contenidos todo el concierto, solo ligero rebote de gemelos en Alegrías del incendio y Pesadilla en el parque de atracciones. Y disgusto gigante al ver que se habían largado sin tocar De viaje

La foto es un asco ¡ya lo sé!

En fin. Iron & Wine fue el gran perjudicado de los solapes, porque después de localizar a parte del equipo, fuimos a Steorophonics. Calculaba que no los veía desde 2003 pero no, fue antes, en mi primer FIB, el de 1999. Dieciséis años de nada. Me gustaron, porque muchos de los temas los he oído a lo largo de estos años aunque nunca les haya seguido activamente (Maybe tomorrow, Have a nice day), son una banda solvente con solista de gran voz y porque el tema que descubrí que era de ellos cuando “estudié” para el BIME, Dakota, lo tocaron al final, en un ídem de concierto apoteósico, con gente brazos en alto y coreando (esta y otras, todo sea dicho). 

El siguiente perjudicado de los solapes fue Matthew E White, pero mi cuerpo pedía salsa y eso era lo que nos iban a dar The Go! Team. Salsa o una clase de aeróbic. Castigados con un sonido infame durante las cuatro primeras canciones (siendo precisamente la última antes de que le pusieran solución mi preferida, cosa que no impidió que bailara como una loca), remontaron el concierto con dosis extra de desparpajo, actitud, no parar en el escenario y pedirnos que hiciéramos lo propio abajo. Lo consiguieron a medias, la mayoría del público simplemente estuvo, pero eso nos permitió plantarnos como si nada en primera fila y seguir dándolo todo con ellos. Desde el del primavera 2005 que no me lo pasaba tan bien en uno de sus conciertos. 


Los últimos, djs aparte, era Crystal Fighters (casi escribo Castles, imaginad el caso que les hice) bien pero no son lo mío, los vimos de charleta con los riojanos y ni tan mal. 
Suerte que el dj que seguía empezó con tecnazo, porque huimos corriendo (literal) hacia el metro, para pillar el que pasaba a las 3:30 (los de SantFe y la baronesa se habían retirado antes y avisaron de que solo pasaban cada hora). Llegué sin resuello, pero misión cumplida. 

Tras un día movido y sin siesta, conseguimos llegar a Savages, que empezaban a las 20:35, así que fetén. Ni frío ni calor así que tras las paradas técnicas de rigor, a esperar a Villagers. En primera fila del auditorio, lujo. Confesión: no los conocía, apenas me sonó alguna canción, y sin embargo, te quiero. Ma-ra-vi-lla. Con arpa y contrabajo y una voz hermosa y cálida y esas canciones que sí, no conocía, pulidas, delicadas, con letras que tocan la fibra y la retuercen y casi duele, pero esta noche no. Preciosas Courage, Dawning on me, Nothing arrived y Hot Scary Summer. 



De Richard Ashcroft vimos poco. Culpable: la fiesta privada Beefeater, que habían “ganado” vía redes los riojanos y que, si nos ponemos burros, fue lo mejor de la noche. 
Salir de allí e irse a Michael Kiwanuka (aka Murakami, Kawasaki, Kivaniwa, no había manera) igual no fue una gran idea, porque el chaval es bueno, muy bueno, pero viniendo de bailar La Casa Azul, Depeche y habernos perdido Gritando amor, no era el momento. 
Pero mira, esquivamos a Imagine Dragons, que aún es hora que les escuche una canción. 

L.A. era(n) el(los) siguiente(s). Guapo, carismático, buena banda, buenos temas, increíble voz, pero le falta ese extra punch, je ne sais quoi, que les podrían hacer una gran banda. Un poco lo que les pasa a Jayhawks, no me lapidéis por la comparación. Pero buen concierto, ¿eh? Allí estuvimos de principio a fin. 

A Kakamadafaka (sé que me dejo dos k y una d), los oímos de fondo, mientras en la primera fila, esperando a !!!, riojanos y barceloneses sellábamos la amistad festivalera con risas y tonterías. 

De !!! solo diré que solo conocía una canción del setlist, Must be the moon, y lo puedo asegurar porque me llevé uno, y no paramos de bailar. Estar en primera fila y ver los movimientos de cadera y brazos de Nic Offer tan de cerca motiva la suyo. Tocarle el pelo cuando pasa cerca de ti entre el público en una de sus múltiples inmersiones y que te choque la mano un par de veces cuando vuelve por el foso, también. Él llevaba la dosis justa de lo que lleve y nosotros la nuestra de gintonic, y fue la bomba. ¿Calidad musical? Les ganan otros, claro que sí. ¿Diversión? En este BIME solo les podría superar el ya mencionado vagón/salón  pero no seré tan exagerada y creo que estos dos fotones durante !!! valen más que mil palabras. 

 Foto: Mikel Antuñano para bi fm

Foto: Matías y su cámara ubicua

Mat, Lou, Javi, Eli, Lau, Jesús y Nacho, gracias por este BIME. See you next year? 

domingo, 25 de octubre de 2015

Low, tensión electrizante

Antes de que las primeras notas irrumpieran en Gentle y Alan Sparhawk cantara Gentle, middle, quiet, narrow la percusión, alargada más tiempo de lo que dura en disco, convirtió la sala en un corazón palpitante. El público, me incluyo, guardó un silencio casi sepulcral, reverente, que se mantuvo la hora y cuarenta minutos que duró el concierto. Casi lloro de emoción, por ese mutismo. Permitió apreciar y disfrutar los minúsculos silencios que se intercalan entre los detalles delicados y la convulsión distorsionada de las canciones de Low. 

Presentaban disco, Ones and Sixes, y se notó porque apenas se dejaron tres canciones. 
Del álbum anterior, The invisible way, denostado por algunos pero al que debo mi conversión al lowerismo (me perdonaréis el palabro), tres, tocadas del tirón, una tras otra, Plastic Cup, On my own y Holy Ghost. El morreo que le dio Alan Sparhawk a la guitarra para conseguir la distorsión final de Pissing dudo que se me olvide en tiempo. 
Tampoco se me olvidará el balanceo de mi cuerpo y cabeza con Monkey. 


O los coros finales que nos animó a cantar con él (“You can do it, you can sing, and no one is gonna make fun of you”), cosa que no hice, por supuesto, no quería arruinarle el momento a mis vecinos, en la última canción, When I go deaf (de inicio accidentado, pues olvidó la letra), un momento de comunión con el que quizás quisiera premiar el silencio de todo el concierto.  

Puede que a Alan le fallara la voz en algunas notas, especialmente al principio (¿faltó calentamiento?). ¿Qué importa? A Mimi Parker, un prodigio de delicadeza y contundencia, no le temblaron ni la voz, soberbia, ni las baquetas. Porque ya me pedí ser Georgia Hubley de mayor, que si no... 

A ratos inquietante, a ratos balsámico, en ningún momento indolente, el concierto de Low fue una maravilla de principio a fin.


El setlist, aquí

lunes, 7 de septiembre de 2015

Yo la tengo de mi vida


Llegué muy tarde a Yo la tengo, en la vida quiero decir, y no recuerdo cuándo fue la primera vez que los vi en directo. Probablemente en el primavera 2003. O en el FIB 2005. Incluso es posible que mi primer concierto fuera el del 9 de junio de 2008 en Apolo. Porque no me acuerdo de si los vi en aquellos festivales, como no me acordaba de haber visto a Go-Betweens en un wintercase (que sigo sin acordarme, pero eso pone en la entrada). 
¡Imperdonable!, gritaréis, y bueno, no se puede seguir a Yo la tengo desde el primer disco y bordar el salmorejo en dos veranos. 

Sí recuerdo ir en un coche subiendo las Ramblas y que sonara Sugarcube y preguntar qué era aquello y que N.* me contestara “Yo la tengo” con ese tono que indica que estás preguntando una obviedad pero te contestaré sin soberbia. El recuerdo lo situo entre 2003 y 2005, así que quizá ya había visto a YLT en directo y no habían tocado Sugarcube o no hubiera preguntado, o sí, vaya usted a saber, es más, tenía ya un par de discos, el And then nothing turned itself inside-out y el Summer sun, pero ahí no está Sugarcube, y yo esa canción la había bailado en los 90 en algún sitio. 
Total, que a partir de aquella revelación, fui comprando más discos, y en algún momento mi amor por ellos se afianzó y empecé a no perderme ni uno de sus conciertos y desde 2008, y salvo en 2011, les he visto cada año. 2008 en Apolo**, 2009 en el PS, 2010 en Apolo otra vez, 2012 en el PS***, 2013 en l’Auditori, 2014 en el Vida y el viernes pasado en el Tibidabo. 

¿El Tibidabo? Sí. A alguien se le ocurrió que era una buena idea hacer un festival allí, de dos días, poner a Yo la tengo y Mogwai de cabezas de cartel y cobrar 40€ por día y no poner abonos. “No, es que va a ser una cosa íntima, solo 2.500 personas” me dijeron por redes cuando me quejé de la falta de abonos. Grrrr, le mascullé a la pantalla del móvil. Pues los dos días no voy a ir, pero a Yo la tengo no puedo faltar. Dit i fet. 

El mal día que hizo en Barcelona el viernes no es culpa de la organización, pero que tuvieran que poner carpitas de esas blancas de 2x2 metros en el escenario porque no habían previsto una cubierta es solo un botón de muestras de que llamarles “organización” es ser bastante generoso o de que iban sobrados de optimismo. Solo había una barra miníscula con cuatro camareras en el “escenario grande”, que en realidad es pequeño, y no estaba ni a la mitad de aforo. No tuve ningún problema en que me sirvieran rápido y bien pero no quiero pensar qué podía haber pasado si venden las 2.500 entradas que decían. En prensa he leído 200 o 300, “600 según fuentes no oficiales” (¿los dos días?) y muy bien, estábamos muy a gusto, pero llegan a agotar y nos caemos rebosando por las barandillas. Tampoco me creo que habiendo pagado 40 eurazos más gastos te quedes en casa porque llueve (un poco, y dejó de hacerlo a las siete de la tarde) y hace frío (bastante, yo me quedé corta con el jersey, pero ni resfriado pillé). Pinchazo. 


Bueno, da igual. Lo importante. El concierto brillante de hora y tres cuartos que se marcaron. Conté y me desconté las canciones, pero digo 16 ó 17 y mi web de setlists favorita dice que 17. 
No tocaron Black Flowers, ni Sugarcube, ni Tom Courtenay, ni falta que hizo. Bueno sí, Black Flowers falta en demasiados setlists, creo que solo la he disfrutado una vez en directo, o ni eso, pero no desfallezco. 
No faltaron Stockholm syndrome, Ohm, You can’t have it all y Big day coming, estas dos últimas en el maravilloso bis final acústico. 
El sonido fue bueno. Distorsionaron, metieron ruido y caricias, y como siempre, estuvieron impecables y maravillosos. Y yo de mayor quiero ser como Georgia. Y amo a Yo la tengo. 


*A N. me lo encontré el viernes en el Tibidabo, y me contó que cuando vio a Yo la tengo por primera vez, en un garito de Edimburgo, al final dijeron que el mejor grupo de la ciudad eran los Bay City Rollers. Al día siguiente fue a una tienda de discos, y le pidió al tipo de aspecto metalero que le atendió si lo tenían. Sí, claro, y compró uno. Era, segun palabras de N., una horterada total. Años después, en un primavera, se cruzó con Ira el jueves o el viernes, lo abordó, y aparte de decirle lo típico de great show, le contó lo del disco hortera, pero había olvidado el nombre del grupo. Ira no se acordaba de nada. Al día siguiente, antes de salir de casa para ir al festival, a N. se le ocurrió buscar el disco. Lo encontró. Y esa noche volvió a cruzarse con Ira, y se lo dijo. “Oh yes, the Bay City Rollers! It was a joke!!”. 

 

**En esta crónica del concierto de 2008 digo que “los he visto un par de veces”. 

***En esta otra de 2012 ya hablé de “sopotocientas”. 

La típica foto mala de concierto es mía.