jueves, 23 de junio de 2016

Sant Joan

O solstici d'estiu

Quan era xica, Sant Joan eren les falles i la festa de Boí.
De molt xica, això volia dir passar a saludar als de Sília, que ens convidaven a alguna cosa, i després anar a la plaça de Boí a veure les falles, i cap a casa després dels primers passodobles.
D'adolescent, era la primera festa de l'estiu, perquè a la de Durro, pels exàmens, no m'hi deixaven anar.
Els anys d'universitat Sant Joan era anar a sopar fora, o a fer un gelat, i tornar-nos a tancar per estudiar a la nit o l'endemà. Trist.
Un dels tres anys que Sant Joan em va enganxar a Madrid la perspectiva de no celebrar-ho i quedar-me sola aquell cap de setmana (les meues amigues tenien altres compromisos) va fer que agafés un pont aeri amb punts iberia. No sabeu les alegries que em van donar els punts iberia a aquella època. No vulgueu saber com vaig acabar aquella nit.

Retornada i instal·lada a Barcelona, Sant Joan sempre m'ha recordat a Cap d'Any. A mitja tarda ja hi ha corredisses, gent recollint coses, acomiadant-se a les botigues amb un "bona revetlla" enlloc del "bon any", arreglant-se, preparant sopars, guarnint la casa. Fins i tot el metro obre tota la nit.

La liturgia canvia, però l'essència és la mateixa. Es fan bons propòsits a Cap d'Any, s'invoca la màgia per Sant Joan. És l'inici d'alguna cosa.

Així que, bona revetlla.


lunes, 6 de junio de 2016

Primavera Sound, sábado maravilla

Desde que preparé el excel sabía que el sábado iba a sufrir un largo destierro en mordor. Tenía un par de cosas previas marcadas, Bob Mould y US Girls, pero el primero empezaba demasiado pronto, las 17:00 en la tercera jornada con crónicas y siestas de por medio es demasiado pronto y a la otra no llegué básicamente por la función repetición del despertador. Así que me fui directa a Brian Wilson. Mi memoria externa, o sea, este blog, me confirma que el FIB en el que le vi fue el de 2004. Entonces presentaba Smile, ayer celebraba los 50 años del Pet Sounds. Con una banda de momias y uvas pasas entrañables, que entre todos, eran diez, además de Wilson, igual sumaban más de mil años, desgranaron en orden las canciones de dicho disco. Las caras de felicidad de la gente a mi alrededor lo decían todo, y el fin de fiesta, y llamar fin de fiesta a las once canciones, según este setlist, que compusieron la segunda parte del show, es un fin de fiesta muy largo, fue de júbilo general, con brazos ondeando al viento con California girls, Good vibrations y Surfin’ USA como representantes del cancionero universal. Dijo Lucía que en algún momento bordeaban la música de crucero, y sí, pero que gustoso. No podía perderme esta nueva oportunidad de disfrutar de un mito de salud frágil, quizá sea la última. 

Como mordor está tan lejos y ayer me llamaron Virgen de la Caminata me quedé en Deerhunter, ni Drive like Jehu ni Los Chichos. Es una apuesta segura. Setlist similar al de conciertos previos, ¿han sacado disco? Sí, recoi, el año pasado, y se me olvidó comprarlo y por tanto escucharlo. Visto desde el lateral, bailar de lejos no es bailar, pero muy bien. Sonó contundente y sonó, en fin, que el sonido del escenario de enfrente, con algunos grupos, vamos... Ah, y otro concierto que me quedo sin Strange Lights

Nos llegaban mensajes de que no se cabía en Los Chichos, de que Orchestra Baobab, pero a ver: PJ Harvey. Aunque en un giro de los acontecimientos que se había gestado en un rincón de mi cerebrito durante la tarde decidí, cuando había que ir a pillar sitio a PJ, que me iba a pillarlo para Sigur Rós. Decisión dolorosa, pero primeras filas en los dos conciertos no era posible y ya he dicho que bailar de lejos no es bailar, y ¿que me va a tocar estar sola más de tres horas? Pues estoy sola más de tres horas. Será que no tengo práctica. Visita preventiva al WC y a una barra, a por una cerveza pequeña, para amenizar la espera. La botellita de agua va en el bolso. Entro al corralito del populacho, que ya tiene dos buenos tercios de la capacidad ocupada de gente sentada. Me quedo de pie, como otros que van llegando después. Estoy bastante cerca de la valla central, bien. En cuanto se levantan, y lo hacen a tres cuartos de hora del inicio, ¡ansias! avanzamos todos como muñequitos, a pasitos cortos atropellados. Será una fila 15, que con el mega foso que hay es estar bastante lejos, pero es lo más cerca que soñaba estar en un concierto en mordor. 
Mientras acontecen estas nimiedades, puedo seguir por la pantalla el concierto de PJ. La imagen va con cierto delay, el sonido llega sin la potencia que debe estar arrollando a los que estén frente a ella, pero la experiencia es levemente más placentera de lo que debe ser verla en streaming en el salón de tu casa. A mi alrededor, pocas conversaciones, la mayoría miran absortos a la pantalla. Como yo. Maravillosa. Ella y la producción audiovisual, en blanco y negro, de dejarte sin palabras. Presentaba disco, otro que no he escuchado, voy fatal, pero también repasó algunas de Let England Shake, y rescató To bring you my love y Down by the water. Debía ser raro verme mover los labios musitando las canciones mientras ejercía de superfan de Sigur Rós. Sacrificio de la noche y del festival, probablemente, pero a ella la he visto más veces que a ellos, y además he tenido el privilegio de verla en un auditorio, y a ellos los perseguí, metafóricamente, en mi viaje a Islandia el verano pasado. 

Lo que empezó a partir de las 00:00 fue una maravilla. Estoy repitiendo mucho maravilla. Empezaron tras las cortinas-pantalla, al primero que vislumbré fue al batería. No conocía la canción, parece que está recién estrenada, solo la han tocado un par de veces en directo. La siguiente sí la conocía, casi cae la primera lágrima. Starálfur, mi querida Starálfur. Acabo de descubrir que la traducción es “un elfo mirando”, ay. Tan delicada, tan bonita. A mi lado tenía otro foreveralone ultrafan, que reconoció todas las canciones en 5 segundos y creo que en esta lloró. Entonces encadenaron Sæglópur y Glósóli y me tuve que llevar las manos a la cara para contener la emoción. Veía a los tres músicos, la formación más escueta con la que los he visto, aunque tuviera que hacer juegos de cervicales para ir esquivando cabezas y algún móvil grabando (malditos, lo comentaré en otro post). A mi alrededor silencio sepulcral, atención y contención, y cabeceos, claro, mucho cabeceo. Que nadie tenga ni pajolera idea de islandés también viene muy bien para evitar los karaokes (aún os tengo que contar lo de Radiohead, irá en ese otro post pendiente). Aunque, debo decir, y no me creeréis, que soy capaz de balbucear la letra de Glósóli, Hoppípolla y Inní mér syngur vitleysingur, por fonética. No me creéis, ya lo veo. Aunque mis karaokes siempre son en playback, así no molesto. Por cierto, llegan a tocar Inní mér syngur vitleysingur y lloro como estoy llorando ahora, que la estoy escuchando mientras escribo, con la sonrisa puesta pero llorando, como una tonta. Les faltaba la sección de vientos que llevaban otras veces para poder tocarla como dios manda. En fin, vuelvo al concierto. Después del subidón de Glósóli, con ese crescendo de batería me tiene loca desde que lo escuché por primera vez, un poco de sosiego con Vaka y Ný Batterí. Sigue E-Bow, con su calma inicial y la tormenta final. No he hablado aún de los visuales, ¿no? Maravilla (otra vez). Mi móvil saca unas fotos de pena, pero para que os hagáis una idea. 





Festival, claro. Qué mejor canción para tocar en un ídem. Siguen Yfirborð y Kveikur, otra de mis favoritas, parece que tocan las canciones de cada album a pares. De algunos álbumes, al menos, ya podrían haber tocado Inní mér syngur vitleysingur. Lo sé, pesada. Hafssól, la segunda que no reconozco, esta por ser del primer disco. Esto toca a su fin, y el fin llega con Popplagið. Estoy conmocionada con lo que acabo de presenciar, ver, escuchar, sentir. No ha habido confeti pero tampoco crowdsurfing. He estado apretujada durante hora y media entre desconocidos tan absortos como yo. Maravilla, es la última vez que lo digo, lo prometo. 

Después de eso solo me quedaba Ty Segall, demolition man leí por ahí, y sí. Entre que volvía de mordor y otros detalles llegué que ya había empezado y estaba cabeza abajo entre el público. En la onda Thee Oh Sees, ¿son todos amiguetes? es ese tipo de música que no escucharía en casa pero que en directo me vuela la cabeza. Arrollador. En otro paseo en brazos del público el micro se lo queda un chaval de la primera fila. Que empieza a cantar y aullar. Se la sabe, parece, no son solo gritos bien dados. Ty le observa desde arriba y decide hacerle subir al escenario. Y quedarse él entre el público. Estamos todos flipando. Con Mani, así se llama el hombre de la noche, y con Ty y su actitud con el público, genial. Le costó echarlo del escenario y lo hizo de forma elegante, pidiendo discretamente a los músicos que dejaran de tocar y luego preguntándole el nombre al chaval, por eso sabemos que se llama Mani, es inglés y “I’ve had the blast of my life, thank you!” Thank you pero nos quedamos sin la última canción, no había más tiempo. 


Mientras algunos van a ver a unos raperos egipcios nosotros cogemos sitio en el Ray-Ban para Coco. Terminar el sábado en Coco y ver amanecer, al menos un día, se ha convertido en el Santo Grial de todo asistente local que supere los treinta y tantos. Para los que superamos los cuarenta es una cuestión mezcla de orgullo y revisión médica. Si lo conseguimos, es que no estamos tan mal. Pues bien, lo conseguimos, aunque Coco no lo pusiera fácil, con una sesión más electrónica que otros años, que empezó verbenera, (bueno, miento, empezó con Bowie, Space Odity), con Abba y otros temazos de los que se cuelan en bodas para derivar en electrónica festiva y bailable, ah, y Prince, también tocaba homenaje, pero es que ¡estamos en un festival de pop y rock y queremos bailar Common People! A las cinco y media puso Girls and Boys y creímos que igual acababa la sesión como siempre, pero no. Lo mejor de ese rato fueron Ladytron y Tok Tok vs. Sophie O y nos empezamos a ir antes de que saliera la masa. Ya en lo alto de las gradas empezó Heroes y suponemos que fue la que cerró el festival, y me parece un detalle precioso.


Nota aclaratoria para el inquilino: el setlist de Sigur Rós lo compartieron ellos mismos poco después en las redes, y también está aquí. Pero me sé el título de la mitad de las canciones, ¡lo juro por Jónsi!

Nota aclaratoria dos: lo de sábado maravilla lo he puesto ahora :P 

sábado, 4 de junio de 2016

Primavera Sound, viernes sosaina

Día raro, sosaina, el de ayer. Quedarte sin siesta por escribir la entrada del jueves pero sobre todo por querer ir a ver a Bradford Cox, que hacía algo en el Beach Club a las 18, y no llegaba, pero en el tuit de la organización entendí que llegaba tarde. También para conseguir pase a Lush en el Hidden Stage. Pero no, por lo visto sold out en veinte minutos a la que se abrió el recinto. ¿Lush en veinte minutos? ¿En serio? Esto cuando no había guiris no pasaba. Claro, no tienen otra cosa que hacer, es dedicación al festival full-time, y además las cuatro ya es media tarde para ellos. 

Al menos vimos eso del Beach Club. Muy cuco, es lo que le faltaba al Primavera, el ambiente playero del FIB, pero eso tiene unas contrapartidas importantes: la concentración de mamarrachos/as festivaleros/as es alta. En fin, visto, no vuelvo. 

Tenía cosas marcadas en mi excel, pero el único grupo a fuego era The Avalanches, luego hablo de eso. 

Probamos con Alex G, en disco me había gustado, por algo lo tenía marcado, pero aquello era una cacofonía sincopada y arrítimica que no había quien aguantara. Fuera. Al lado está Moses Sumney, solo frente al peligro y emocionado de estar en allí. Propuesta delicada pero que no consigue que no nos dejemos convencer de ir a mordor a Titus Andronicus. Vemos tres o cuatro canciones, llegar cuesta un rato. Bien, músculo guitarrero y una canción que parece una jota aragonesa. Pasamos de Savages, las vi en el BIME y ni fu ni fa, y pasarme ya la vida en mordor no me apetecía, así que a Steve Gunn. A mí me gustó y creo que me hubiera gustado más si lo hubiera escuchado antes. 

Dispersión. Unos ya van a Beirut, otros se quedan en Noa y yo me quedo en los aledaños esperando a una amiga que aún no he visto.  Nao bien pero no es lo mío, para nada. 
Saludo a mi amiga, hablamos un rato, y me voy al destierro otra vez. Cuando llego a Beirut llevarán una o dos canciones y en una o dos más admito que nunca me han gustado mucho. Nunca he escuchado un disco entero suyo, nunca he prestado mucha atención a sus conciertos. Los vi en 2007 sentada en las gradas, probablemente cenando y hablando. En 2012 estábamos ocupados buscando a Matías. Que no. Aprovecho para cenar, ir al baño, pillar una cerveza, y antes de que acabe intentamos la aproximación a Radiohead. Hay tanta gente que no veo ni las pantallas. Empieza con cuatro canciones delicadas, la segunda es Daydreaming, canción nueva que es la culpable de que esté allí y no viendo a Dinosaur Jr y Tortoise. Salvo unos a los que mando callar con tres sshhhhtttt, la gente guarda silencio. Precioso pero demasiado frágil para un descampado abarrotado. Por suerte para todos, en la quinta ya mete un poco de caña. Van alternando delicadeza y tralla, eso cuando ambas no se conjugan en una canción. Como me quedé en The Bends, y OK Computer no me flipó como a media generación de coetáneos, las canciones que podía reconocer son bien pocas: Karma Police, Paranoid Android y Creep, claro, que veo por ahí que no estaba en el “printed setlist”. Se me hizo largo, fueron dos horas, pero no me arrepiento de mi elección. Fue bonito, aunque decir bonito probablemente se quede muy corto para algunos y sea síntoma de que mejor habérselo ahorrado para otros. Al fin había visto un concierto entero y que me gustaba en la jornada de ayer. 

Lo vi con Alberto y Anna, el resto o bien ni habían venido o bien habían huido a la cuarta canción. Esperamos a que despejara, que costó lo suyo, y nos fuimos a buscar algo de beber. Algo con alto contenido alcohólico, concretamente. Nos pudimos sentar cómodamente, no en el suelo, y no voy a desvelar el sitio por si quiero ir a sentarme hoy, y vimos The Last Shadow Puppets en las pantallas. Un rato. Después de unos estiramientos nos acercamos, y por mucho cuarteto de cuerda y mucho vozarrón que tengan y que sí, que alguna canción que parece de banda sonora de película del oeste está guay, nos fuimos a ver un grupo experimental polaco al NightPro, no digo más. 

Sacó el excel ya con un poco de desesperación, porque falta mucho hasta Avalanches y veo Kiasmos, y allá que vamos, y gusta más a A&A que a mí, pero también vienen boyscout con su girlscout, y la gente lo flipa con ellos pero a mí me parece una electrónica muy plana. Qué sabré yo de electrónica. 

Bueno, pues son las 02:50 y empiezan The Avalanches, y avalanchas hay por los laterales y las gradas del Ray-Ban, ¿la gente no tiene casa o qué? ¿No se habían ido todos después de Radiohead? Pues no. A parir. Nos quedamos en el lateral izquierdo y se oye como el culo. Vuelve la cantinela de cada año de que esto en el FIB no pasaba. Y mientras no resuelvan las deficiencias de sonido, lo seguiremos diciendo. Gastad más pasta en sonido, leñe. Los bafles B&W esos de la playa, a los escenarios buenos. Entre que no se oye bien, el cansancio, el frío, los güiscolas que no han hecho el efecto esperado, cuando me dicen nos vamos digo me voy. 

Son las 03:30 cuando enfilo la salida del Fòrum. Sólo recuerdo otra vez de no haber esperado al metro, hace tres o cuatro años, que me fui a las cuatro. Ha caído un mito. 


PD: no hay fotos porque no saqué fotos.

viernes, 3 de junio de 2016

Primavera Sound, mi jueves

A las 17:01 ya tenía en mi poder los tíckets de reserva del concierto de Suede en el auditorio. No eran para mí, solo os lo cuento para que os hagáis idea de a qué hora entré en el Fórum ayer y lo de lo buena amiga que soy. 

Cruzar las casetas, pillar una cerveza y a Autumn Comets. Muy buen concierto, pero el sudor me empañaba las gafas de sol, imaginad el entendimiento. Solana implacable y concierto corto, y si tocaron mi favorita, Baltimore, me la perdí. La siguiente parada en la ruta eran Mueran Humanos, en el Primavera, y regular. Grupo peor programado de ayer. Esas bases reververantes y retumbantes y esa voz de cazalla a las 3 de la mañana lo petan. A las seis, huí. Al Adidas, escenario de los conciertos que más me gustaron ayer. Lo de Julien Baker es muy fuerte. Tan chiquitita y tan delicada, y que le salga esa voz cristallina a punto de quebrarse. Maravilloso de principio a fin, como maravilloso fue el silencio sepulcral que guardó el público en las primeras filas (nosotras estábamos en la cuarta). Corto, cortísimo, aunque quizá mejor así. 


Car Seat Headset lo vimos de lejos, socializando. Distorsión powerpopera que estaba bien, quizá hubiera estado mejor visto de cerca. Subí al Primavera y pena haberme perdido a Beak> porque las dos canciones que escuché me gustaron mucho. 

Llegó la hora del destierro a mordor, el copyright es de Alberto. Más mordor que nunca, por la cantidad de gente. Bueno, es que ya había cantidad de gente a las cinco.Air visto desde atrás. Bien, Kelly watch the starts y tal, y yo sacando mis galones diciendo en una barra que los vi en el 98 en apolo y Jesús diciéndome que no diga estas cosas, que nos hace mayores. Estuvo bien pero me dejó bastante fría. 

Explosions in the sky y la bofetada en la frente con el primer redoble. Impecables e implacables, muy disfrutable pese a la distancia desde la que los vimos. 

Terminó y corre hacia Har Mar Superstar, que ya lleva 10 minutos. El Adidas con gente suficiente para que aquello sea una fiesta pero no demasiada para impedir que nos pudiéramos colocar bien cerca, colándonos por un lateral. Muy fan de ese señor, que es más joven que yo pero le echaría cuarenta y bastantes, y que lo de quitarse la camiseta y lucir grasa abdominal de la que incrementa el riesgo cardiovascular exponencialmente está muy bien, pero lo realmente importante son las cancionzacas que se marca, la banda excelente que llevaba y la forma de levantar un espectáculo y meterse el público en el bolsillo. Genio. 


Un rato de Holograma, en el mismo Adidas, y otro de Protomartyr, en el Pitchfork, y la constatación, una vez más, de que bailar de lejos no es bailar. Los vimos de lejos pasándolo en grande, pero podría haber estado en cualquier otra parte. 
Thee Oh Sees, otra liga. Me impactaron más el año pasado, que hasta repetí, supongo que por la novedad, pero es una apuesta segura. Si Matías te deja bolso y gafas para irse a hacer pogos delante, es porque la lían muy gorda. 



De ahí me fui a Battles, en el Ray-Ban, porque ya empezaban las retiradas de amigos y una amiga de tuiter me dijo que estaban guardando sitio en segunda fila centro y allá que fui. Cuando me vio no pudo evitar un “¿cómo lo has hecho para llegar hasta aquí?”. Bueno, no fue difícil, no había empezado y aunque había gente, había hueco de sobras. Muy buen concierto también. Aunque qué manía con los pogos porque sí. A ver, que se pueden hacer pogos hasta con el Duo Dinámico si queréis, y en Thee Oh Sees son obligatorios, pero ¿Battles? ¿De verdad? Saqué codo, clavé pies en el suelo e irradié ira y ya. Por suerte solo fue en la última canción. Y ya. Fin. 


Baja otra vez al Pitchfork, perdí la cuenta de las veces que subí y bajé escaleras de la fotovoltaica y del Ray-Ban, recoge a los amigos que te quedan, y que te llevarán a casa en coche, intento de quedarnos un rato con algún dj, pero no, no merece la pena. Mañana, hoy, más y mejor. 

domingo, 15 de mayo de 2016

Springsteen E S P E C T A C U L A R

No sé si empezar por la lluvia que nos cayó antes de llegar al Camp Nou, pero sin consecuencias, fue peor el vaso de cerveza en el pie izquierdo al principio del concierto; o por cómo, sin querer, nos saltamos la cola, “¡vamos, vamos, pasen por aquí!” cuando íbamos a colocarnos en la del acceso 2; o cómo acabamos en los lavabos de caballeros para el pis preventivo; o cómo saltábamos al campo a quince minutos de las ocho, y pa’lante, derecha, y oye, que no estamos tan mal, que el pit está ahí delante. 
La hora de espera pasa entre cánticos blaugranas, los justos, una cerveza grande compartida, ojeadas al cielo, que por la derecha está azul (yo, la optimista) pero mira que negro viene por allá (Rayuelo, acordándose de mi “está parando” del FIB 2009), y mi emoción al ver a los técnicos de luces subir arriba (siempre me ha parecido flipante que haya dos o cuatro tipos encaramados a la estructura superior manejando los focos). 


Las 21:01 y no sale, y parece que quitan la música pero no, y vemos movimiento en el backstage y sí, no me fijo en la hora pero ya empieza, y a toda castaña, Badlands y los gemelos puestos a prueba por primera vez esta noche. Cuando salto veo el escenario perfectamente, lejos pero bien, jump! Sin pausa para respirar, one, two, three, four! No surrender y pensaba que no la tocaría y primer deseo cumplido, y no pares de saltar y cantar, bueno, de saltar sí, descansa y baila, My love will not let you down. Sigue, por fin, The River, canciones del disco, no la canción, la celebración de los 35 años de la edición es la excusa de esta gira, y encadena The ties that bind, Sherry Darling, Jackson Cage y Two hearts. Debió de ser durante alguna de estas cuando de la plataforma baja que lo acercaba a la primera fila y a los laterales, alehop, ahora no me ves, ahora estoy en la cámara que tenemos a pocos metros y no sé cómo no hay avalanchas pero no las hay, y tengo a Bruce a ¿10, 15, 20 metros? La multitud hace que parezca que está más lejos de lo que está en realidad. Sobre el escenario, la complicidad con Steve Van Zandt, maravillosa. Nos quedamos sin Independence day, que hubiera completado la primera cara del primer disco, porque la cambia por I’m going down, a petición del público. Mal pero I remember back when we started, my kisses used to turn you inside out. Y yo empecé con una cinta TDK de 90 en la que alguien me grabó BITUSA en una cara y Born to run en la otra y del 86 al 90 sonó en mi cassette Philipps una y otra vez. Después de la licencia populista (rugía Twitter), Hungry heart, y la pista era una fiesta, Out in the street, sigue bailando, I wanna marry you y The River y el Camp Nou encogido de emoción y los móviles son los nuevos mecheros. Sobrecogedor. Ruge Twitter que nos quedamos sin You can look (but you better not touch), que en la cara dos del primer disco va en medio de estas por las peticiones, y es una pena porque es oir el rif de guitarra ninini ninininininiiiiiii inicial y se me van los pies. Pero basta de rock’n’rollear, estábamos en el ambiente recogido de The River, que dio paso a una Point Blank brutal, el primer gran y sobrio despliegue de poderío vocal, piel de gallina y las notas iniciales del piano de Roy Bittan, uff. Ruge Twitter que la gente habló durante esta canción, y suscribo que los que lo hicieran merecen el infierno, pero ayer estábamos de suerte, nuestro sector fue un dechado de entrega en las canciones que conocía y escucha respetuosa en las que no. Un redoble (mención especial a Max Weinberg, ¡qué jefe!) y un rasgueo de guitarra me bastan para reconocer Atlantic City y jump! Love it!  La única de Nebraska, Johnny 99 o Reason to believe hubiera sido pedir demasiado. Darlington County y me doy un paseo por las primeras filas, yo no, Bruce, a recoger cartones, con las peticiones escritas. Escoge uno, en una cara tiene Growin’ up y en la otra Glory Days. Le va dando la vuelta esperando la reacción del público para decidir cual canta. Yo ya había gritado Growin’ up antes de que sacara el cartelito, así que me costará perdonar que eligierais Glory Days, malditos roedores. Pero ya que estamos, cántala, que te la sabes, como todas. Sigue I wanna be with you, también una petición, y bien, pero si fue por esa por la que me quedé sin Cadillac Ranch (hey, little girlie in the blue jeans so tight, drivin’ alone through the Wisconsin night) y I’m a rocker, igual no tan bien. Vuelve al redil The River con Ramrod (la única del setlist de la que no consigo recordar el título pero sé que lo sacaré en cuanto llegue a casa, y sí, la saqué, claro), The Price you pay, tan bonita que es un pecado que igual hiciera quince años que no la escuchaba pero qué bien que aún me sé la letra and girl before the end of the day I’m gonna throw it away y el corazón en un puño, y Drive all night, you’ve got, you’ve got my, my love, heart and soul y voy a explotar de emoción. Las últimas de The River, y ha seguido el orden del disco y voy mirando la hora en una cuenta atrás, cuanto más cerca de las doce, más cerca el fin, tras las tres horas de rigor. No sé qué hora era cuando empezó Lonesome day, pero aún quedaba un buen puñado de canciones. Un buen puñado de cosas muy serias: Prove it all night (jump!), The Promised land (¡canta, corea!),  Because the night (belongs to lovers y la aclaración que tuve que hacer de que la canción es suya y la prestó) y ahora sí, cosa seria y fina, She’s the one o mi segundo crescendo favorito, probablemente; Brilliant disguise, delicada, preciosa, aunque sea de uno de mis discos no-favoritos, The rising, y ya que tocaba dos de ese álbum podría haber metido Into the fire, aunque si tengo que elegir, Candy’s room, primer crescendo favorito ever, y así seguía con las de Darkness on the edge of town (tocó tres, no está mal) y hubiera sido mejor la transición a Thunder road, oh thunder road, la armónica me hace un nudo en la garganta y el corazón y las lágrimas asoman, y ruedan mejillas abajo, so you’re scared and you’re thinking that maybe we ain’t that young anymore, show a little faith, there’s magic in the night  y sí, hay magia esta noche y la canción crece y vuelve el optimismo, oh, oh, come take my hands, we’re riding out tonight to case the promised land, y al final, it’s a town full of losers and I’m pulling out of here to win, Ia redención. 


Son las doce pero Bruce no tiene ninguna intención de parar, ni nosotros ganas de que lo haga. Dicen que a partir de aquí eran los bises, pero vaya, parón no hubo, o yo no me enteré. El homenaje a Prince fue lo siguiente, Purple rain, gran ovación, gran emoción, gran solo de Nils Lofgren. Perfecta. Inesperadamente, Born in the USA, esperaba que no la tocara, pero vamos allá, I’m forty years burning down the road, claro, los diez de la letra original hace tiempo que pasaron, y tarrrrrannnnnnn Born to run, quiero morir de felicidad. Ahora, ya está, fin. Las luces del Camp Nou se encienden, I wanna know if you’re love is real, sí, Bruce, our love is real, ya lo sabes, bribón, no nos importa recordártelo. Love for you y por toda tu banda, tu bendita banda. Las luces ya no se apagarán, sigue la fiesta con Dancing in the dark, una chica sube, quiere bailar con Jake Clemons, y lo hace, y una chiquilla, que dice en un cartel que hoy es su 18 cumpleaños y si la saca a bailar, se lleva el premio gordo. Empieza Tenth avenue freeze-out y como hace años que no iba a uno de sus conciertos me emociono cuando the big man joined the band e imágenes de Clarence y Danny aparecen en las pantallas. No hay tregua para la emoción, la canción es festiva, festivo es el ambiente en la pista y las gradas, e intuimos que se acerca el final, pero aún no ha presentado a la banda, y Shout, despiporre de festa major, y por fin, la presentación. Ahora sí, ¿el fin? Son las doce y media, creo. Pues no, Bobby Jean. A las 00:40 la banda se agrupa al borde del escenario y saluda y tot el camp és un clam, de caras de felicidad, sonrisas radiantes y alguna ligera lumbalgia aquí, un dolor de rodilla acullá, y se retiran, o lo intentan porque Bruce Springsteen, ese señor tres años más joven que mi padre, dos que mi madre, no tiene bastante, y hace gestos de que es muy tarde, tocándose un reloj de muñeca imaginario, pero es que no lo puede evitar, necesita más, Twist&Shout, come on, come on, come on baby now, esto es un sindiós, la traca final, y acaba, a las 00:50 en mi reloj, y se van y a Bruce se lo llevan, porque si se descuidan, cae otra. 


Fin. 

Hay que reflexionar, ¿no? El recuerdo de los anteriores conciertos es muy débil, demasiado para comparar. Los del 99 quizás. Pero creo que no. Tamaña colección de hits, pese a las ausencias y cambios; las más de tres horas y media de concierto; la energía y entusiasmo de Springsteen, la E Street Band y el público; las ganas que le tenía yo a esta gira; lo cerca y bien y cómodos que lo vimos, aún en un estadio; el sonido, impecable, pese a que Twitter también rugiera, parece que en algún sector no se oía bien; todo hace que quizá, probablemente, sea el mejor concierto de Springsteen que habré visto, y que entre directo en mi Top 10 de directos vividos. No preguntes ahora cuáles serían los otros nueve. Fue E S P E C T A C U L A R y sólo quiero conservar este sentimiento de felicidad absoluta unos pocos días más. 

PD1: Lourdes, Mar, Matías, Jesús, ¡gracias por la compañía! 

PD2: me descacharro con mi setlist, no os podía privar de nomsirrender, goung diwn o the trising, entre otras perlas. 
badlands
nomsirrender
love will not down
ties
sherry darli g
jackson
two hearts
goung diwn
hubgry
out street
here she comes walking down the street - marry you
river
point blank
atlantuc
drlington county - moment recullo cartells
glory days jo volia growing up
i wana be eith you
cone on cone on littel dugar/darling
price you pay
drive all night
lonesome day
prove it
promised land
because the night
she's the one
brilliant gishuise
the trising
thunder road - lagrimones
purple rain
BITUSA - canvi lletra: 40 years
born ti run
dancing dark
10th ave frezze - big man joined fotos, danny tambe - bandera alemans
shout - Presentació
bobby jean

encore (gest es molt tard)
twist & shout

sábado, 14 de mayo de 2016

Springsteen y yo es un título muy pretencioso


El primer concierto de Springsteen al que podría haber ido, el 4 de agosto de 1988, me pilló con los quince años por cumplir y a casi 300 km de Barcelona y con unos padres que ni consideraron que yo estuviera pidiendo en serio ir. El siguiente dolió más, porque fue el de Amnistia Internacional, el 10 de septiembre de ese mismo año, y mis primas fueron, pero de nuevo se impuso la sensatez paternal. Lo viví como una pequeña tragedia, quizá la primera tragedia no-sentimental de la adolescencia. 

No recuerdo si hubo alguno entre esos dos y el de 1992, el primero al que fui. Creo que no. La gira del 88 era la de Tunnel of Love y la del 92 fue la de Human Touch / Lucky Town. El concierto al que fui fue el viernes 3 de julio del 92. Mi primer curso de universidad en Barcelona había terminado a mediados de junio. Aquel año las clases y exámenes acabaron antes porque la ciudad se preparaba para las Olimpiadas. Bajamos de Llesp, la memoria es difusa, con mi tía Fina y mi hermano Xepp, es posible que alguien más. Algún percance tuvimos en la carretera que hizo que llegáramos a la Monumental poco antes de que empezara y nos tocara en la parte más alta del tendido de sombra. Se veía lejísimos y se oía peor, y no iba con la E Street Band, pero ¡caray! era mi primer concierto de Springsteen, algo con lo que venía soñando desde que tenía 13 años. Voy a decir que me emocioné cuando tocó Born to Run, porque supongo que la tocó, pero en verdad recuerdo muy poco de aquel concierto. Solo que en algún momento nos levantamos de las banquetas y brazos en alto y lágrimas corriendo por las mejillas berreé alguna canción como si me fuera la vida en ello. 

Tenía la suerte de cara, en diez meses fui a mi segundo concierto. Ese fue en mayo, fue en el Estadi Olímpic y fue apoteósico. Cristina y yo nos plantamos a las cuatro de la tarde en las escaleras de acceso, plagadas de fans y de toda la fauna que poblaba por aquel entonces los alrededores de los conciertos, que teníamos controlada de los cuatro conciertos de El Último de la Fila a los que habíamos ido en febrero. Los reventas, el argentino que vendía fotos en papel, los hippies, todavía no eran perroflautas, ni okupas, ni pakis, que vendían cerveza ¿fresca? que guardaban en carritos de la compra. Cuando abrieron los accesos corrimos escaleras arriba, pasillos adentro, escaleras abajo, campo a través, para plantarnos a más de veinte metros de la primera fila. Otros habían corrido más. Nos sentamos en el suelo, salvo los que estaban a pie de valla, casi todos los hicimos. ¡Que quedaban tres horas hasta que empezara el concierto! Pero a las siete a alguien le entró la histeria, la gente empezó a levantarse y apretarse hacia adelante y empezaron dos horas de pesadilla. Estábamos apretados, no corría el aire, y había avalanchas. En una me vi levantada y transportada un metro hacia la izquiera sin tocar el suelo. Luchando por no caer y no separarnos. Por delante sacaban una chica desmayada cada diez minutos. Toda esa pesadilla, a pelo. Sin una canción a la que agarrarte, que te haga emocionar y enloquecer y olvidar que puedes morir aplastada si tropiezas y te caes. Resultado, cuando finalmente empezó el concierto, aguantamos aquella locura durante cuatro canciones y nos rendimos, y agotadas, fuimos hacia atrás. Me encontré a mi futura cuñada con un amigo. Mi hermano y otro amigo se habían ido adelante. Volvieron cuando había trasncurrido más de medio concierto. Mi hermano llevaba la camiseta y la camisa que llevaba encima empapadas en sudor. Me dio la mano diciendo “con esta he cogido a Bruce cuando se ha subido a la valla a saludar al público, le podía haber quitado el anillo de casado”. Tal cual. Habían ido avanzando hasta plantarse en segunda fila centro. Hasta que se cansaron. Me quería morir. 
En esa gira aún no había recuperado a la E Street Band. Llevaba músicos de oficio, bastante apañados, que fueron los únicos que conseguí ver en los dos días que monté guardia frente a Le Meridien, con la tribu de superfans. Dos días de apenas comer, beber ni dormir. Esperando, si ya no verle salir, al menos cruzando el vestíbulo del hotel. Ni eso. Roy Bittan huidizo y gracias. Los músicos sí se dejaban hacer fotos, encantados. Y Brett Anderson abrazado a Justine (u otra chica igualita a ella) entrando atemorizado en el hotel y mirándonos luego desde una ventana de uno de los últimos pisos. Apuesto a que fui la única de los que estábamos allí que reconoció al cantante de Suede. 
No recuerdo si la guardia fue antes o después del concierto, ni recuerdo el setlist, o parte de él, aunque creo que hizo un concierto similar al de julio, con mucho de Human Touch y Lucky Town y un buen puñado de los hits de siempre. Sí recuerdo acabar exhausta, física y emocionalmente. 

Sólo tuve que esperar dos años para asistir al tercer concierto, el más especial de todos. Conseguí entradas por la benevolencia de uno de los amigos de mi hermano, que, quizá, se sintió culpable al saber que yo no lo había conseguido y él sí por colarse. Porque os quejáis de los servidores caídos y las colas virtuales, pero no sabéis las que se liaban en esos años a las puertas de la tienda de discos que hubiera decidido acoger la venta de entradas. La venta de entradas para aquellos conciertos del Tívoli, también en mayo, 1995 fue un despropósito, calle Mallorca a la altura de Balmes medio cortada incluida. Pero conseguí mi entrada, y era buena, platea, fila 20, con Josep Guardiola sentado unos asientos más allá. Presentaba The Ghost of Tom Joad e hizo un concierto austero, guitarra y armónicas, calmado, hasta que al final tocó algún hit (me falta mi diario para completar la memoria) y alguien se levantó y se dirigió al escenario y ese día no fui una mema prudente que se queda inmóvil en su asiento. Ese día me levanté y me apelotoné contra el escenario y esos menos de diez metros serán lo más cerca que probablemente vaya a estar de Springsteen en mi vida, y estuve allí durante las últimas cuatro o cinco canciones, las de bofetada nostálgica. 

Después de aquella maravilla hubo que esperar cuatro años, hasta 1999, pero la espera valió la pena. Bruce volvió a reunir a la E Street Band. El sueño de la adolescente de 13 años estaría completo, por fin. Tenía que ver a Springsteen flanqueado por las guitarras de Steve Van Zandt y Nils Lofgren, con Max Weinberg aporreando la batería, Garry Tallent al bajo, Roy Bittan al piano, Danny Federici a los teclados y por supuesto, Clarence Clemons al saxo. Los otros conciertos habían sido sucedáneos. Deliciosos y apetecibles, pero sucedáneos. Así que compré mi entrada, con las habituales colas de media mañana, para el viernes 9 de abril, en el Palau Sant Jordi. Esta vez no hice cola antes, ni pretendí situarme delante. Entré tranquilamente hora u hora y media antes de que empezara, de sobras, nos situamos por la mitad, lateral izquierdo, holgados, y vi el concierto por las pantallas pero pudiendo bailar, saltar, cantar y desgañitarme todo lo que quise y más. En el sábado de resaca emocional Cristina apareció para convencerme de ir al día siguiente, domingo. Quedaban entradas en taquilla, aunque os parezca imposible. Lo anunciaban en la radio repetidamente. Así que, probablemente fundiéndonos la superviviencia de lo que quedaba de mes, nos plantamos en las taquillas de Aribau y compramos nuestras entraditas al módico precio de 6.000 pesetas, unos 36€. El domingo volvimos a enloquecer. 

Quiero aclarar que a partir del 94-95 había empezado a desengancharme de mi Springsteenmanía. Había mucha música ahí fuera, música que me emocionaba tanto o más, de grupos más pequeños, infinidad de ellos, que daban conciertos más a menudo, a precios más bajos. El grunge y el britpop se disputaban mis oídos y mis bailes nocturnos en el New York, Panam’s, BIPP, Biarritz y otros antros en los que jamás sonó Springsteen (faltaban años para que Coco pinchara Born to run casi al final de su sesión de cierre del Primavera Sound). 
Así que empecé a saltarme algunos de sus conciertos, algo impensable años atrás. Aún acudí fielmente al concierto de 2003, sábado 17 de mayo, en l’Estadi Olímpic otra vez, con Xepp y Eva, y probablemente alguien más. 40€ costaba la entrada general, quién los pillara. Al de octubre de 2006, en el Palau Sant Jordi, la entrada ya a 74€, en ascenso imparable, fui con mi tía Fina, tantos años después del primero, Jaume, y otra Cristina. Eran las Seeger Sessions y lo vi sentada, y poco más recuerdo. Esa fue la última vez que le vi y hace casi 10 años. 

No sabéis las ganas que tengo de que lleguen las 9 de la noche.  

PD: en el tema entradas "coleccionables" hemos ido muy, muy a peor. 

domingo, 21 de febrero de 2016

El pop me está abandonando

Dicho así suena a boutade para llamar la atención, y algo de eso habrá, probablemente, y resulta poco creíble si has ido a un concierto de pop/rock por semana desde final de enero y tienes entradas para otros en los próximos meses, más un par de festivales, etc., etc. 
Pero es cierto, al menos en parte, y lo era más hace un par de meses. Algún tropiezo emocional, un resfriado muy fuerte que duró tres semanas, la oscuridad de diciembre, física, no metafórica, el frío, poco este año, pero el frío, me invitaron a acurrucarme bajo una manta a leer. 
Al mismo tiempo, grupos que me gustan o que gustan a gente de cuyo criterio me fío sacaban disco, o canción, y no escuchaba ni una. Los saraos musicales de que tenía noticia me daban, en general, pereza. La perspectiva de salir de casa, estar de pie un par de horas viendo un concierto, bebiendo cerveza fría cuando lo que me apetecía era un té caliente, y saludando conocidos y hablando con amigos significaba horas de lectura perdidas. 

Mi gran pasión, y la primera, es la literatura. O la lectura, por ser menos grandilocuentes. 
Mi madre nos mandaba a dormir después de cenar, nada de tele. Eso sí, carta blanca para leer en la cama una hora más si queríamos. Luego hacía la ronda para apagarnos la luz, que a menudo volvíamos a encender cinco minutos después. Digo volvíamos porque doy por hecho que mis dos hermanos, en sus cuartos, hacía lo mismo. Fuimos lectores voraces. No ver Sandokan nos convertía en parias que no tenían qué comentar al día siguiente en el cole, pero si me importaba poco entonces, imagina ahora, que solo tengo agradecimiento por esa inflexibilidad materna a la hora de ir a dormir. 
Mi primer carnet fue el de la biblioteca del Pont de Suert. Te dejaban sacar dos libros para devolver en quince días. No siempre apuraba el plazo. También nos compraban y regalaban libros, y a partir de los diez o doce años leíamos los de mi madre y los de uno de mis tíos, pero la biblioteca fue nuestra salvación en un pueblo pequeño donde solo se vendía algún libro en el estanco y en una papelería. No tener un libro de reserva para cuando me acabara el que estuviera leyendo me creaba ansiedad. Buscaba por las estanterías alguno que me apeteciera de los que no había leído. O alargaba la lectura hasta que pudiera ir a la biblioteca. Quizá por eso desde que empecé a cobrar un sueldo compro muchos más libros de los que tengo tiempo de leer. Ver esas pilas me tranquiliza. La ansiedad por no leer más rápido es más llevadera que la de no tener qué leer. 

No solemos pensar en las cosas que hacemos por inercia. Pero un día me di cuenta de que siempre he leído, que es probable que de los 365 días del año pueda contar con los dedos de una mano aquellos en que no abro un libro. Porque siempre, al menos, leo un rato en la cama, antes de dormir. De hecho me cuesta dormirme si no he leído, aunque sea  una página. ¡Si hasta leo los sábados del primevera después de haber sobrevivido a Coco, a la vuelta en metro, a la búsqueda de un bar para desayunar!  
En cambio, hay días, semanas enteras incluso cuando estoy de vacaciones, en las que no he escuchado nada de música. Lo que se oye por los altavoces de los bares y tiendas no cuenta. Hablo de escuchar música: tomar un dispositivo reproductor, elegir, o no, un grupo, una canción, una lista, y prestar atención a lo que oyes, aunque estés haciendo otra cosa. 
Puedo no escuchar música. Pero no puedo no leer. 

En estos meses en que me refugié debajo de una manta con un libro por escudo, por algún motivo, en lugar del silencio habitual, preferí música clásica a volumen mínimo. Eso llevó a escoger también la clásica para trabajar. Ir al trabajo por la mañana era uno de los pocos momentos en que escuchaba pop o rock. Así que cuando acompañé a mis padres al concierto de Raimon a l’Auditori fue natural coger un par de folletos con la programación de música clásica y estudiarlos más tarde en busca de algún concierto barato con el que iniciarme. Porque no tengo ni idea de música clásica, eso es así. Pero como con el vino, a fuerza de ir probando aprendes a distinguir lo que te gusta de lo que no. Hay unas selecciones estupendas en youtube de grandes compositores, y un vídeo te sugiere otro. O en spotify, los “artistas similares” son una fuente inagotable. Así que al cabo de los meses ya tienes un par de favoritos al menos. 
Uno de esos conciertos “baratos” fue el 30 de enero. Del ciclo de música de cámara. Compré la entrada esa semana. La platea de la sala 2 de l’Auditori ya estaba casi completa. Fila 15, asiento 1. Última fila, primer asiento del pasillo. Por sacar la cabeza si me tocaba, como efectivamente me tocó, un alto delante. Un cuarteto de cuerda, Quatuor Ebène, y Haydn, Debussy y Beethoven en el programa. Fue maravilloso. En la tercera pieza* del Cuarteto de cuerda en Sol menor, op.10 de Debussy tuve un fugaz Stendhalazo y se me plantó en la cara una sonrisa explosiva y contenida como en el concierto de rock al que había ido el día anterior. En fin, maravilloso. 

Si a todo esto le sumas la lectura del libro de moda, Instrumental de James Rhodes, esto se me antoja el inicio de una bonita amistad. Ese libro se ha convertido en mi guía básica de compositores, obras e intérpretes actuales a los que seguir. La historia personal es terrible, pero su amor por la música clásica es contagioso. He estado mirando la programación de clásica en la ciudad para los próximos meses y ya tengo entrada para un recital de piano en el Palau en abril. 

Soltada la perorata admitiré que es imposible que el pop me abandone. Que seguiré yendo a conciertos al apolo, al sidecar y donde haga falta. Pero que así como algunos periodistas musicales de esta ciudad se han volcado en el reggaeton como alternativa al pop-rock indie y/o underground (para entendernos y resumir), yo he descubierto la sopa de ajo con la clásica, y es un camino que pienso explorar. 

*Mi ignorancia en clásica hace que no sepa cómo se denomina cada parte de una composición, me perdonarán los entendidos. 


Esta semana he estado escuchando esta maravilla.