domingo, 21 de febrero de 2016

El pop me está abandonando

Dicho así suena a boutade para llamar la atención, y algo de eso habrá, probablemente, y resulta poco creíble si has ido a un concierto de pop/rock por semana desde final de enero y tienes entradas para otros en los próximos meses, más un par de festivales, etc., etc. 
Pero es cierto, al menos en parte, y lo era más hace un par de meses. Algún tropiezo emocional, un resfriado muy fuerte que duró tres semanas, la oscuridad de diciembre, física, no metafórica, el frío, poco este año, pero el frío, me invitaron a acurrucarme bajo una manta a leer. 
Al mismo tiempo, grupos que me gustan o que gustan a gente de cuyo criterio me fío sacaban disco, o canción, y no escuchaba ni una. Los saraos musicales de que tenía noticia me daban, en general, pereza. La perspectiva de salir de casa, estar de pie un par de horas viendo un concierto, bebiendo cerveza fría cuando lo que me apetecía era un té caliente, y saludando conocidos y hablando con amigos significaba horas de lectura perdidas. 

Mi gran pasión, y la primera, es la literatura. O la lectura, por ser menos grandilocuentes. 
Mi madre nos mandaba a dormir después de cenar, nada de tele. Eso sí, carta blanca para leer en la cama una hora más si queríamos. Luego hacía la ronda para apagarnos la luz, que a menudo volvíamos a encender cinco minutos después. Digo volvíamos porque doy por hecho que mis dos hermanos, en sus cuartos, hacía lo mismo. Fuimos lectores voraces. No ver Sandokan nos convertía en parias que no tenían qué comentar al día siguiente en el cole, pero si me importaba poco entonces, imagina ahora, que solo tengo agradecimiento por esa inflexibilidad materna a la hora de ir a dormir. 
Mi primer carnet fue el de la biblioteca del Pont de Suert. Te dejaban sacar dos libros para devolver en quince días. No siempre apuraba el plazo. También nos compraban y regalaban libros, y a partir de los diez o doce años leíamos los de mi madre y los de uno de mis tíos, pero la biblioteca fue nuestra salvación en un pueblo pequeño donde solo se vendía algún libro en el estanco y en una papelería. No tener un libro de reserva para cuando me acabara el que estuviera leyendo me creaba ansiedad. Buscaba por las estanterías alguno que me apeteciera de los que no había leído. O alargaba la lectura hasta que pudiera ir a la biblioteca. Quizá por eso desde que empecé a cobrar un sueldo compro muchos más libros de los que tengo tiempo de leer. Ver esas pilas me tranquiliza. La ansiedad por no leer más rápido es más llevadera que la de no tener qué leer. 

No solemos pensar en las cosas que hacemos por inercia. Pero un día me di cuenta de que siempre he leído, que es probable que de los 365 días del año pueda contar con los dedos de una mano aquellos en que no abro un libro. Porque siempre, al menos, leo un rato en la cama, antes de dormir. De hecho me cuesta dormirme si no he leído, aunque sea  una página. ¡Si hasta leo los sábados del primevera después de haber sobrevivido a Coco, a la vuelta en metro, a la búsqueda de un bar para desayunar!  
En cambio, hay días, semanas enteras incluso cuando estoy de vacaciones, en las que no he escuchado nada de música. Lo que se oye por los altavoces de los bares y tiendas no cuenta. Hablo de escuchar música: tomar un dispositivo reproductor, elegir, o no, un grupo, una canción, una lista, y prestar atención a lo que oyes, aunque estés haciendo otra cosa. 
Puedo no escuchar música. Pero no puedo no leer. 

En estos meses en que me refugié debajo de una manta con un libro por escudo, por algún motivo, en lugar del silencio habitual, preferí música clásica a volumen mínimo. Eso llevó a escoger también la clásica para trabajar. Ir al trabajo por la mañana era uno de los pocos momentos en que escuchaba pop o rock. Así que cuando acompañé a mis padres al concierto de Raimon a l’Auditori fue natural coger un par de folletos con la programación de música clásica y estudiarlos más tarde en busca de algún concierto barato con el que iniciarme. Porque no tengo ni idea de música clásica, eso es así. Pero como con el vino, a fuerza de ir probando aprendes a distinguir lo que te gusta de lo que no. Hay unas selecciones estupendas en youtube de grandes compositores, y un vídeo te sugiere otro. O en spotify, los “artistas similares” son una fuente inagotable. Así que al cabo de los meses ya tienes un par de favoritos al menos. 
Uno de esos conciertos “baratos” fue el 30 de enero. Del ciclo de música de cámara. Compré la entrada esa semana. La platea de la sala 2 de l’Auditori ya estaba casi completa. Fila 15, asiento 1. Última fila, primer asiento del pasillo. Por sacar la cabeza si me tocaba, como efectivamente me tocó, un alto delante. Un cuarteto de cuerda, Quatuor Ebène, y Haydn, Debussy y Beethoven en el programa. Fue maravilloso. En la tercera pieza* del Cuarteto de cuerda en Sol menor, op.10 de Debussy tuve un fugaz Stendhalazo y se me plantó en la cara una sonrisa explosiva y contenida como en el concierto de rock al que había ido el día anterior. En fin, maravilloso. 

Si a todo esto le sumas la lectura del libro de moda, Instrumental de James Rhodes, esto se me antoja el inicio de una bonita amistad. Ese libro se ha convertido en mi guía básica de compositores, obras e intérpretes actuales a los que seguir. La historia personal es terrible, pero su amor por la música clásica es contagioso. He estado mirando la programación de clásica en la ciudad para los próximos meses y ya tengo entrada para un recital de piano en el Palau en abril. 

Soltada la perorata admitiré que es imposible que el pop me abandone. Que seguiré yendo a conciertos al apolo, al sidecar y donde haga falta. Pero que así como algunos periodistas musicales de esta ciudad se han volcado en el reggaeton como alternativa al pop-rock indie y/o underground (para entendernos y resumir), yo he descubierto la sopa de ajo con la clásica, y es un camino que pienso explorar. 

*Mi ignorancia en clásica hace que no sepa cómo se denomina cada parte de una composición, me perdonarán los entendidos. 


Esta semana he estado escuchando esta maravilla. 



sábado, 30 de enero de 2016

En una nube bajo el mar

El primer concierto del año llegó un poco tarde. Lo del BIS el día 10 no cuenta por el mínimo nivel de atención prestado a los grupos y las constantes fugas a la calle en busca de una copa decente. 

Joaquín Pascual y Fernando Alfaro tocaban juntos pero no revueltos en music hall. Bueno, al final, revueltos, pero no adelantemos acontecimientos. 

Entrar en la sala con los primeros acordes del concierto de Joaquín Pascual, un cuarto de hora después de la hora anunciada de inicio, en horario casi infantil, las 20:30, ese que te obliga a meriendacenar, o no cenar, o salir entre conciertos o. 

A Pascual no le he seguido como a Alfaro. Algo de Mercromina, sí. Poco de Travolta. Nada en solitario. Error a reparar. Llevaba una banda fantástica y crearon una atmósfera especial, envolvente y ensoñadora, inquietante también. Y sutil. Qué cursi me ha quedado esto. Una canción, no sé decir cuál era, me hipnotizó. 
Súper concierto. 

Tras diez-quince minutos cambiando instrumentos y cachivaches, Alfaro. Presentaba, ¿otra vez?, su último disco, Saint-Maló, y la primera parte del concierto no me acabó de convencer. Las canciones sonaban demasiado crudas, les faltaba algo. Salvo Tempus Fugit y Velero, que, bises aparte, cerró el concierto. Me dio por pensar que Alfaro es mejor letrista que compositor. Se me pasó. También salvo Saariselkä Stroll (cucurbitacea, cucur-cucurbitacea) pero claro, si la toca entre Magic y El detonador emx-3, te ablandas. Cayó Rifle de repetición, pero no, no salió Pascual. Hubo que esperar a los bises. La mente del monstruo precedió a Fuerte, cuando sí, por fin, los dos ex-Surfin’ Bichos se juntaron en el escenario y fue un apoteosis colectivo de brazos en alto, gargantas cantando a gritos y sonrisas en la cara. Al menos en la mía casi estalla. No podía creer tanta felicidad. Una canción que te hace retroceder veinte, veinticinco años. O no tanto. A mí siempre me lleva al ámbar, primeros dos mil, un día que pinchaba Iván y la puso y justo entonces entró Jesús, dando saltos y cogiendo a alguien obligándole a saltar con él mientras la cantaba a gritos. 
Tempus fugit dice “ tenías toda la vida por delante, y ahora la tienes toda por detrás” y en ese detrás están todos los conciertos de Alfaro, y ayer desfilaron por mi cabeza. En la memoria reciente, los conciertos acústicos en el Helio, estupendos. Los de Chucho, en primaveras distanciados por casi diez años, eléctricos y emocionantes. En El Sol de Madrid, enero de 2002, presentando Diarios de petróleo. 

Pero como dice Magic, “lo mejor de nuestra vida aún está por ocurrir”. Eso espero. Eso creo. 

martes, 3 de noviembre de 2015

BIME 2015

El cartel de este año no tenía tanto atractivo como el del año pasado, pero Bilbao es una ciudad que mola, donde se come estupendamente y en la que, visto lo visto, se alarga el verano el fin de semana del BIME. De jueves a domingo casi todo el rato en manga corta, noche del viernes, exteriores, incluida. Que no soy de Bilbao pero del norte montañoso sí, algo se tenía que notar. 
Las últimas confirmaciones (Planetas, Richard Ashcroft, Stereophonics, Zola Jesus, si mi mala memoria para estas cosas no me falla) añadieron alicientes a los ya conocidos: The Go! Team y !!!, y ya se me ha olvidado el resto. 
No contaré la visita al Guggenheim (expo de Basquiat cazada al vuelo, ¡terminaba el domingo!), ni las tapas y pinchos, ni la excursión en barco por la ría el sábado, ni el mero en un restaurante a pie de playa en Guetxo, os lo imagináis, ¿no? Dura, la vida del festivalero.

¡Al lío, el festival! 
Nada de cola en el acceso, mejor, registro de pulsera para pagar medio hecho, carga hecha en 3 minutos tras entrar, recelos por el método cashless auyentados en un tris. Nos comimos nuestras previsiones de fracaso. Muy bien, incluso ya me han devuelto la pasta, como prometían. Los que no me la devolvieron, y eso que me tangaron De viaje, fueron Los Planetas, pero me estoy adelantando. 

Llegamos a Zola Jesus, hay muy poca gente, tan poca que en seguida vemos a Laura por un lado y a Jesusito de Jesús por otro. ¡Viva! Me encanta saludar gente en los festivales. La Lady Gaga gótica, dijo Laura, y a fe que sí, solo había que ver como bailaba, intentando imitar los cabeceos de sobra conocidos de nuestra querida Walkiria. Me quedé con Laura y Jesús mientras el resto de la expedición barcelonauta se iba a Benjamin Clementine. Yo decidí no ir porque es muy bueno y ya me lo había perdido en el Vida y enmendar errores, ¿para qué? No era el día, me estaba gustando Zola Jesus y quería ver bien a Los Planetas, qué sé yo. Pues eso, que Zola Jesus bien, me acojoné cuando me pasó al lado al marcarse un Matt Berninger, y eso que no es mucho más alta que mi sobrina de 9 años. Tiene presencia y actitud, y las canciones, unas mejor que otras. Pedazo crónica me está quedando, ¿eh? 

Entre avituallamientos (este año la zona de comida es exterior) y wc pasa el rato, paso de Everything Everything, me saluda Nele de Neleonard (tú eres de Barcelona, ¿no? y hablando, hablando, me entero de cositas de su próximo disco y le digo que Jesús ronda por ahí) y me da tiempo a ver dos canciones de Benjamin, que por suerte para mí no son suficientes para maldecirme por habérmelo perdido. 

Vuelvo al escenario de Los Planetas, sola. Los barones quieren verlos pero llegan cuando está empezado y es imposible encontrarse y por primera vez voy a  verlos “on my own”, y me apetece. A ver qué pasa. Pasa que cuando la tercera canción es Rey Sombra se me pone un nudo en la garganta y casi me saltan las lágrimas. Por la juventud perdida, por la vejez-viruelas alcanzada, que sé yo. Concierto extraño, de sonido justo (ese escenario el viernes sonó como el culo, en general), J se equivocó en la letra de dos canciones (pondría la mano en el fuego, aunque en realidad, ¿qué más da?), corto, y más corto si le robas una canción al setlist (¿por qué?). Setlist que se quedó un chaval extremeño pero del que me dejó hacer foto. Nudo en la garganta otra vez en Santos que yo te pinté,  emoción contenida en Nunca me entero de nada y saltos contenidos todo el concierto, solo ligero rebote de gemelos en Alegrías del incendio y Pesadilla en el parque de atracciones. Y disgusto gigante al ver que se habían largado sin tocar De viaje

La foto es un asco ¡ya lo sé!

En fin. Iron & Wine fue el gran perjudicado de los solapes, porque después de localizar a parte del equipo, fuimos a Steorophonics. Calculaba que no los veía desde 2003 pero no, fue antes, en mi primer FIB, el de 1999. Dieciséis años de nada. Me gustaron, porque muchos de los temas los he oído a lo largo de estos años aunque nunca les haya seguido activamente (Maybe tomorrow, Have a nice day), son una banda solvente con solista de gran voz y porque el tema que descubrí que era de ellos cuando “estudié” para el BIME, Dakota, lo tocaron al final, en un ídem de concierto apoteósico, con gente brazos en alto y coreando (esta y otras, todo sea dicho). 

El siguiente perjudicado de los solapes fue Matthew E White, pero mi cuerpo pedía salsa y eso era lo que nos iban a dar The Go! Team. Salsa o una clase de aeróbic. Castigados con un sonido infame durante las cuatro primeras canciones (siendo precisamente la última antes de que le pusieran solución mi preferida, cosa que no impidió que bailara como una loca), remontaron el concierto con dosis extra de desparpajo, actitud, no parar en el escenario y pedirnos que hiciéramos lo propio abajo. Lo consiguieron a medias, la mayoría del público simplemente estuvo, pero eso nos permitió plantarnos como si nada en primera fila y seguir dándolo todo con ellos. Desde el del primavera 2005 que no me lo pasaba tan bien en uno de sus conciertos. 


Los últimos, djs aparte, era Crystal Fighters (casi escribo Castles, imaginad el caso que les hice) bien pero no son lo mío, los vimos de charleta con los riojanos y ni tan mal. 
Suerte que el dj que seguía empezó con tecnazo, porque huimos corriendo (literal) hacia el metro, para pillar el que pasaba a las 3:30 (los de SantFe y la baronesa se habían retirado antes y avisaron de que solo pasaban cada hora). Llegué sin resuello, pero misión cumplida. 

Tras un día movido y sin siesta, conseguimos llegar a Savages, que empezaban a las 20:35, así que fetén. Ni frío ni calor así que tras las paradas técnicas de rigor, a esperar a Villagers. En primera fila del auditorio, lujo. Confesión: no los conocía, apenas me sonó alguna canción, y sin embargo, te quiero. Ma-ra-vi-lla. Con arpa y contrabajo y una voz hermosa y cálida y esas canciones que sí, no conocía, pulidas, delicadas, con letras que tocan la fibra y la retuercen y casi duele, pero esta noche no. Preciosas Courage, Dawning on me, Nothing arrived y Hot Scary Summer. 



De Richard Ashcroft vimos poco. Culpable: la fiesta privada Beefeater, que habían “ganado” vía redes los riojanos y que, si nos ponemos burros, fue lo mejor de la noche. 
Salir de allí e irse a Michael Kiwanuka (aka Murakami, Kawasaki, Kivaniwa, no había manera) igual no fue una gran idea, porque el chaval es bueno, muy bueno, pero viniendo de bailar La Casa Azul, Depeche y habernos perdido Gritando amor, no era el momento. 
Pero mira, esquivamos a Imagine Dragons, que aún es hora que les escuche una canción. 

L.A. era(n) el(los) siguiente(s). Guapo, carismático, buena banda, buenos temas, increíble voz, pero le falta ese extra punch, je ne sais quoi, que les podrían hacer una gran banda. Un poco lo que les pasa a Jayhawks, no me lapidéis por la comparación. Pero buen concierto, ¿eh? Allí estuvimos de principio a fin. 

A Kakamadafaka (sé que me dejo dos k y una d), los oímos de fondo, mientras en la primera fila, esperando a !!!, riojanos y barceloneses sellábamos la amistad festivalera con risas y tonterías. 

De !!! solo diré que solo conocía una canción del setlist, Must be the moon, y lo puedo asegurar porque me llevé uno, y no paramos de bailar. Estar en primera fila y ver los movimientos de cadera y brazos de Nic Offer tan de cerca motiva la suyo. Tocarle el pelo cuando pasa cerca de ti entre el público en una de sus múltiples inmersiones y que te choque la mano un par de veces cuando vuelve por el foso, también. Él llevaba la dosis justa de lo que lleve y nosotros la nuestra de gintonic, y fue la bomba. ¿Calidad musical? Les ganan otros, claro que sí. ¿Diversión? En este BIME solo les podría superar el ya mencionado vagón/salón  pero no seré tan exagerada y creo que estos dos fotones durante !!! valen más que mil palabras. 

 Foto: Mikel Antuñano para bi fm

Foto: Matías y su cámara ubicua

Mat, Lou, Javi, Eli, Lau, Jesús y Nacho, gracias por este BIME. See you next year? 

domingo, 25 de octubre de 2015

Low, tensión electrizante

Antes de que las primeras notas irrumpieran en Gentle y Alan Sparhawk cantara Gentle, middle, quiet, narrow la percusión, alargada más tiempo de lo que dura en disco, convirtió la sala en un corazón palpitante. El público, me incluyo, guardó un silencio casi sepulcral, reverente, que se mantuvo la hora y cuarenta minutos que duró el concierto. Casi lloro de emoción, por ese mutismo. Permitió apreciar y disfrutar los minúsculos silencios que se intercalan entre los detalles delicados y la convulsión distorsionada de las canciones de Low. 

Presentaban disco, Ones and Sixes, y se notó porque apenas se dejaron tres canciones. 
Del álbum anterior, The invisible way, denostado por algunos pero al que debo mi conversión al lowerismo (me perdonaréis el palabro), tres, tocadas del tirón, una tras otra, Plastic Cup, On my own y Holy Ghost. El morreo que le dio Alan Sparhawk a la guitarra para conseguir la distorsión final de Pissing dudo que se me olvide en tiempo. 
Tampoco se me olvidará el balanceo de mi cuerpo y cabeza con Monkey. 


O los coros finales que nos animó a cantar con él (“You can do it, you can sing, and no one is gonna make fun of you”), cosa que no hice, por supuesto, no quería arruinarle el momento a mis vecinos, en la última canción, When I go deaf (de inicio accidentado, pues olvidó la letra), un momento de comunión con el que quizás quisiera premiar el silencio de todo el concierto.  

Puede que a Alan le fallara la voz en algunas notas, especialmente al principio (¿faltó calentamiento?). ¿Qué importa? A Mimi Parker, un prodigio de delicadeza y contundencia, no le temblaron ni la voz, soberbia, ni las baquetas. Porque ya me pedí ser Georgia Hubley de mayor, que si no... 

A ratos inquietante, a ratos balsámico, en ningún momento indolente, el concierto de Low fue una maravilla de principio a fin.


El setlist, aquí

lunes, 7 de septiembre de 2015

Yo la tengo de mi vida


Llegué muy tarde a Yo la tengo, en la vida quiero decir, y no recuerdo cuándo fue la primera vez que los vi en directo. Probablemente en el primavera 2003. O en el FIB 2005. Incluso es posible que mi primer concierto fuera el del 9 de junio de 2008 en Apolo. Porque no me acuerdo de si los vi en aquellos festivales, como no me acordaba de haber visto a Go-Betweens en un wintercase (que sigo sin acordarme, pero eso pone en la entrada). 
¡Imperdonable!, gritaréis, y bueno, no se puede seguir a Yo la tengo desde el primer disco y bordar el salmorejo en dos veranos. 

Sí recuerdo ir en un coche subiendo las Ramblas y que sonara Sugarcube y preguntar qué era aquello y que N.* me contestara “Yo la tengo” con ese tono que indica que estás preguntando una obviedad pero te contestaré sin soberbia. El recuerdo lo situo entre 2003 y 2005, así que quizá ya había visto a YLT en directo y no habían tocado Sugarcube o no hubiera preguntado, o sí, vaya usted a saber, es más, tenía ya un par de discos, el And then nothing turned itself inside-out y el Summer sun, pero ahí no está Sugarcube, y yo esa canción la había bailado en los 90 en algún sitio. 
Total, que a partir de aquella revelación, fui comprando más discos, y en algún momento mi amor por ellos se afianzó y empecé a no perderme ni uno de sus conciertos y desde 2008, y salvo en 2011, les he visto cada año. 2008 en Apolo**, 2009 en el PS, 2010 en Apolo otra vez, 2012 en el PS***, 2013 en l’Auditori, 2014 en el Vida y el viernes pasado en el Tibidabo. 

¿El Tibidabo? Sí. A alguien se le ocurrió que era una buena idea hacer un festival allí, de dos días, poner a Yo la tengo y Mogwai de cabezas de cartel y cobrar 40€ por día y no poner abonos. “No, es que va a ser una cosa íntima, solo 2.500 personas” me dijeron por redes cuando me quejé de la falta de abonos. Grrrr, le mascullé a la pantalla del móvil. Pues los dos días no voy a ir, pero a Yo la tengo no puedo faltar. Dit i fet. 

El mal día que hizo en Barcelona el viernes no es culpa de la organización, pero que tuvieran que poner carpitas de esas blancas de 2x2 metros en el escenario porque no habían previsto una cubierta es solo un botón de muestras de que llamarles “organización” es ser bastante generoso o de que iban sobrados de optimismo. Solo había una barra miníscula con cuatro camareras en el “escenario grande”, que en realidad es pequeño, y no estaba ni a la mitad de aforo. No tuve ningún problema en que me sirvieran rápido y bien pero no quiero pensar qué podía haber pasado si venden las 2.500 entradas que decían. En prensa he leído 200 o 300, “600 según fuentes no oficiales” (¿los dos días?) y muy bien, estábamos muy a gusto, pero llegan a agotar y nos caemos rebosando por las barandillas. Tampoco me creo que habiendo pagado 40 eurazos más gastos te quedes en casa porque llueve (un poco, y dejó de hacerlo a las siete de la tarde) y hace frío (bastante, yo me quedé corta con el jersey, pero ni resfriado pillé). Pinchazo. 


Bueno, da igual. Lo importante. El concierto brillante de hora y tres cuartos que se marcaron. Conté y me desconté las canciones, pero digo 16 ó 17 y mi web de setlists favorita dice que 17. 
No tocaron Black Flowers, ni Sugarcube, ni Tom Courtenay, ni falta que hizo. Bueno sí, Black Flowers falta en demasiados setlists, creo que solo la he disfrutado una vez en directo, o ni eso, pero no desfallezco. 
No faltaron Stockholm syndrome, Ohm, You can’t have it all y Big day coming, estas dos últimas en el maravilloso bis final acústico. 
El sonido fue bueno. Distorsionaron, metieron ruido y caricias, y como siempre, estuvieron impecables y maravillosos. Y yo de mayor quiero ser como Georgia. Y amo a Yo la tengo. 


*A N. me lo encontré el viernes en el Tibidabo, y me contó que cuando vio a Yo la tengo por primera vez, en un garito de Edimburgo, al final dijeron que el mejor grupo de la ciudad eran los Bay City Rollers. Al día siguiente fue a una tienda de discos, y le pidió al tipo de aspecto metalero que le atendió si lo tenían. Sí, claro, y compró uno. Era, segun palabras de N., una horterada total. Años después, en un primavera, se cruzó con Ira el jueves o el viernes, lo abordó, y aparte de decirle lo típico de great show, le contó lo del disco hortera, pero había olvidado el nombre del grupo. Ira no se acordaba de nada. Al día siguiente, antes de salir de casa para ir al festival, a N. se le ocurrió buscar el disco. Lo encontró. Y esa noche volvió a cruzarse con Ira, y se lo dijo. “Oh yes, the Bay City Rollers! It was a joke!!”. 

 

**En esta crónica del concierto de 2008 digo que “los he visto un par de veces”. 

***En esta otra de 2012 ya hablé de “sopotocientas”. 

La típica foto mala de concierto es mía. 

lunes, 27 de julio de 2015

Falles de Llesp


Van set. Set anys consecutius que baixo i corro falles a Llesp. Com es diria si fos un festival, des de la primera edició. 
Altre cop, com des del tercer any, dubtes de si correria la setmana abans. Veient la previsió de pluja i tronades i pensant que què malament, però així tindria excusa. 
Encara que enguany tornava a tenir llespwecaners que a més havien manifestat desig de córrer si es podia (mon germà Xavi és un sargento a l’hora d’assignar falles). 

Però un cop més, va ser arribar, veure el bon temps, veure el faro plantat a la plaça, i decidir que sí, que tornem-hi, que he de fer la cerimònia anual de purificació, renovació o el que sigui, que aquest any ho necessito més que mai. 

Pujar a bocafoscant, amb Quirc i Queralt, i Xepp i Xavi, i cosins i cosines (aquestes, un any unes i un altre, unes altres, segons com vagi la reproducció), i gent del poble, i gent d’altres pobles, i els llespwecaners, i sopar tots plegats. Veure els pollets i els xics córrer les seues falletes des de dalt, i cridar animant-los. Encendre, la tensió el moment d’encendre, que se’t passa tot el fred si en tenies i se’t socarrimen els pelets dels braços. Sentir els músculs de les cames cremant quan s’arrepunten a la part alta del camí, dret i relliscós com una mala cosa. Sentir el fum calent a la gola, l’olor de rentina al nas, les aixaldes a la pell. Cridar. Sentir els crits dels altres fallaires, foc al faro!, que no si talle!, els aplaudiments de la gent a la plaça, els crits de molt bé Andrea! de la gent que em coneix. Quedar-te sense alé creuant la plaça al galop, patir per no fotre’t de lloros baixant pel camins de ca de Pau i ca de Basuré. Finalment, fer el rocle a la plaça, al voltant del faro i cridar amb més força i llançar la falla. I les abraçades eufòriques del final. No sabeu el que és. 



Si a més la samarreta “azul-petróleo” (i això d’azul-petróleo és una broma que només entendreu els qui éreu al sopar de la plaça divendres, que és azul cian) es ben xula, les excuses s’acaben aviat. 


El Jordi i la Maria van tenir la seua falla, cadascú a la mida de les seues possibilitats, i la van baixar i córrer perfectament, que en el cas de la Maria, tan mal calçada que anava, va ser d’aplaudir. Un badaloní i una valenciana, potser l’única fallera-fallaira, que se sumen als primers llespwecaners (Víctor, Matías, Luis, per què no vaig fer crònica al 2010? imperdonable!) i a altres turistes, i la tele!, que han volgut participar de la nostra tradició ancestral. Sí, ancestral encara que a Llesp hi hagi un forat des dels anys 50 fins al 2009. 

Cada any que he dubtat a baixar hi ha hagut algú que m’ha fet acabar pujant al faro de Tartero, cada any que he dubtat he acabat satisfeta i cofoia d’haver-ho aconseguit, i sabedora de que m’hauria maleït si no ho hagués fet. 
Més m’hauria maleït enguany si no hagués corregut quan ens donin el patrimoni inmaterial de l’UNESCO al novembre. 

I ahir pensava que si ja n’haig baixat set bé n’hauré de baixar deu, per allò d’arrodonir. 

Fotos (totes!): Núria Castells. Gràcies!!! 

martes, 7 de julio de 2015

Vida 2015

El Vida. Intentaré ser breve. 
El viernes me perdí a Neil Halstead, bastante imperdonable, pero viene a menudo y empezaba pronto, a esa hora aún estaba llegando a Vilanova. A las Mourn también me las perdí, y aún gracias que llegamos a medio concierto de los Expertos Sol y Nieve, para hacerles poco caso, entre saludar y pillar y beber la primera cerveza, esa de sabor incomparable aunque sea una estrella. El último disco ni lo he escuchado y quizá debería porque una canción que no conocía me gustó mucho, aunque con cantar y bailar Talavera de la reina de Inglaterra ya fui feliz. Para los que no me leéis en tuiter, comentar que a ya no recuerdo qué canción, pero fue justo antes de esta, le cambiaron la letra y pasó a ser “Varufakis inventó la democracia”. 
Después nos acercamos a Benjamin Clementine, pero ya había hambre. Dispersión hasta el final de Joan Miquel Oliver, que lo vimos un rato y bien. 
The War on Drugs. Aquí la cosa se ponía seria. Conciertazo. No hay que darle muchas vueltas. Sonó impecable, envolvente, perfecto. Nada que ver con el Primavera de 2014.  Concierto largo, además, que se agradece. Ah, J los vio a dos metros de nosotras y cuando se fue pasó rozando a Carmen y ¡es bajito! ¿J es bajito? Una vez que casi le doy un cabezazo en un primavera no me fijé si era alto o bajo. Sacadnos de dudas. 


Tras The War on Drugs la cosa se puso combativa y ¡por fin! pude ver a los Nueva presentando Novelería. Qué en forma están y qué bien que por fin me haya hecho click el cerebro y me lleguen sus canciones. Impresionante cómo sonaron, musculo y sensibilidad, y ganas, muchas ganas y mucho convencimiento. Los vi muy alante, a una fila del pogo que inevitablemente se montó, creo que en Te debo un baile, y no tocaron Predominio de sol pero tocaron Niquel, canela y se lo tengo que perdonar. 
Después de esos dos conciertazos seguidos y en vena lo de Super Furry Animals no me llegó a convencer y tampoco ayudó que tocaran mi hit al principio y me pillara pidiendo en la barra. Poco más, unos bailoteos con Coco que iba a ser solo unos y fueron unos cuantos, y la vuelta infernal por culpa de una salida de emergencia por la que no se podía entrar (de acuerdo) ni salir (¿perdón?). Una hora de reloj caminando entre viñas y polígonos por haber seguido unas malas indicaciones al llegar. Gracias organización. 

Breve, dijo, ja. 
Sábado. Levantarse a una hora decente, desayunar como reinas, y acercarnos al Museo del Ferrocarril a ver Grungelized. No se me ocurre mejor manera de sacudirte el sueño de las orejas. Aquello retumbaba que daba gusto, lavadora sónica. Acompañado con un par de cañas, ¿quién dijo resaca? 
Comer a las cinco y sin siesta, para arriba, llegar tarde a Nacho Vegas (qué poco me importó con lo fan que yo he sido...), no entrar en el maravilloso concierto de Andrew Bird, llegar tarde al de Father John Misty, demasiado subidito en su papel de guaperas sexual-pavo-real. Las últimas canciones me convencieron porque abandonan el tono cabaretero que también me gusta pero empalaga. 
Casi las diez y sin cenar ni saber cuándo lo haría porque en cuanto acabó salí disparada a Woods, maravillos, la única pega que le pondré al concierto es que le faltaba potencia de sonido, no sé si era el escenario o era que ellos lo habían pedido así. Da igual, fue precioso, un viaje lisérgico a la Costa Oeste. Esta chorrada se me acaba de ocurrir por las guitarras y la voz en falsete en Moving to the left o With light and with love, y porque hace un calor de mil demonios y se me ha derretido el cerebro. 
Medianoche, porque Primal Scream empezaron un cuarto de hora tarde porque no  subieron a Bobby a la furgo y hubo que volver a por él (true story, nos lo contó alguien de organización) y yo sin cenar. Las dos primeras no la conocía, pero mis pies ya se iban solos. La tercera sí, Jailbird. I'm yours, you're mine, gimme more of that Jailbird pie. Gillespie se había tomado la dosis buena, la de no quedarse corto pero no pasarse y acabar sin poder aplaudir como en aquel Summercase (fue en un Summercase, ¿no?). Temazos del Screamadelica, de Give out but don’t give up, XTRMNTR, Burning wheel, Country Girl... Hacía demasiado que no los veía en directo. 


Después, por fin, cenar, y descansar un poco y perderme tres conciertos más, pero ir a darlo todo con Guille Milkyway, que perpetró una sesión verbenera en la que cupieron Sonia y Selena, el Kids de MGMT, cosas chulas y cosas que me hicieron arrufar el nas, y cerró con Kortatu. Como cualquier festa major de l’Alta Ribagorça desde 1987. 
Lo siguiente, entre una cosa y otra, ya fue lo último, los indiescabreados pinchando Tok Tok vs Sophie O, hola pasillo del apolo, y carnaza buena. Y un segurata descojonao de risa nos dijo “Por favor, vayan saliendo”, y casi lloro de la emoción. 

Ya han anunciado a Divine Comedy para el año que viene, yo vuelvo.