domingo, 11 de mayo de 2014

El Último de la Fila y yo

Hasta no hace mucho decir que te gusta El Último de la Fila era tarjeta roja y expulsión del moderneo. 

Y a mí me habían gustado, y mucho. Hasta que no recupere mis diarios no podré confirmar el orden (malditas entradas sin año o en la fecha, o malditos seguratas que recortan más de la cuenta), pero mis dos primeros conciertos en la vida fueron el Último y Loquillo.  Este creo que fue en 1988. 


Los últimos discos del Último coincidieron con mi éxodo, del pueblo de cincuenta habitantes a la gran capital a estudiar, y quizá por eso o por su éxito masivo, no me engancharon tanto. El burro amarrado a la puerta del baile siempre se me atragantó, aunque “Astronomía razonable” tiene una de mis canciones favoritas, “Mar antiguo”.  “La rebelión de los hombres rana” ni me lo compré. Tuve mi momento de renegada. Corría 1995, me había dejado atrapar por el indie anglosajón y soñaba con ir al primer Benicàssim. El último concierto suyo al que fui fue en el Palau d’Esports, en 21 de diciembre de 1995. 
  
Pero con El Último ha pasado, de un año a esta parte, como con Springsteen desde hace unos pocos años más. Ahora los más gourmets del lugar los reivindican. Los grupos de nueva hornada les rinden homenaje, colaboran con ellos, los sacan a tocar en sus conciertos. 

Un día ves una foto de “Enemigos de lo ajeno” en instagram. Luego descubres un grupo ultramoderno que homenajea al Último empezando por el nombre. El colofón es que llevan a Manolo García al Primera Persona, arropado por Miqui Puig, Extraperlo, Me and the Bees y El Último Vecino, por supuesto. Y te compras la entrada un mes antes. 

Fue el viernes, 9 de mayo, y nos hicieron esperar. Lo que fuera que hicieran Manolo y amigos empezó pasadas las doce y cuarto. Primero salió Esther Me & the Bees con Edu Las Ruinas a hacer una versión a pelo de “Cuando el mar te tenga” que les quedó preciosa, y cuando acabaron saltó Manolo al escenario para empezar una entrevista de lo que fue El Último de la Fila y la creación musical en la España de los 80. En seguida salieron los otros tres y montaron una tertulia a base de anécdotas personales y declaraciones de principios de Manolo. Memorables sus estrategias de márketing, empalando las calles frente a las discográficas para darse a conocer antes de presentarse en busca de un contrato, o liándola en los conciertos a base de lanzar plumas de pato. 
Los acompañantes/entrevistadores/homenajeantes también contaron sus anécdotas con El Último. 
La de Esther era que con quince años lo abordaron ella y unas amigas por la calle para pedirle un autógrafo. 
Me acordé de mi particular acoso y derribo. 

Una amiga, no sé cómo, se enteró de que Manolo García iba a exponer sus pinturas en el Pati Llimona, y fuimos, claro.  Por la mañana, las tres estudiábamos de tarde. Vimos la exposición solas, vigiladas por la conserje. Vendían el catálogo y le preguntamos si Manolo García se pasaría algún día, para volver y que nos los firmara. Señaló una pila gigantesca de catálogos. Sólo había que dejarlos, con un papelito dentro con tu nombre, y Manolo, que iba pasando casi a diario por la expo, los firmaba. Tres catálogos se añadieron a la pila. Nos dijo que si pasábamos al día siguiente seguramente ya estarían, y eso hicimos. No sé si volvimos las tres o sólo Cr. y yo, porque recuerdo perfectamente que fuimos por la tarde, a primera hora, que es cuando se suponía que iba Manolo, a ver si así lo cazábamos. Al llegar recogimos nuestros catálogos. Con una pila de más de veinte ejemplares te esperas un “Para Andrea con cariño”, no un poema personalizado y un dibujo a toda página. Manolo no estaba, pero nosotras no teníamos ni prisa ni otra cosa que hacer, así que nos pusimos a ver la exposición de nuevo. La chica nos vio tanto el plumero tanto que cuando al cabo de un rato entró Manolo vi desde el fondo de la sala como nos señalaba, indicándole, supuse, que nos había dedicado los catálogos, y acto seguido mis rodillas empezaron a temblar frenéticamente porque Manolo García se venía hacia nosotras en cuatro zancadas con una sonrisa. Seguramente en mi diario está la conversación transcrita, apostaría un brazo. Más de veinte años después sólo recuerdo que estuvimos hablando entre diez y veinte minutos, de sus cuadros (le preguntamos el significado de algunos) y de sus canciones, y nos adelantó que iban a hacer tres conciertos en Zeleste en marzo y que se estaban peleando con el promotor para que las entradas costaran menos de 2.000 pesetas (costaron 1.600) y no metieran a más de 2.000 personas (creo que el aforo era de 2.500). Mis rodillas dejaron de temblar en algún momento de la conversación, pero el rojo incandescente en las mejillas se fue horas más tarde. Manolo García había estado un buen rato hablando con dos mocosas que no daban crédito a lo que acababa de pasar. 

Evidentemente, planeamos hacernos con entradas para aquellos conciertos. Por aquel entonces ya me había tragado colas de horas en las taquillas de Aribau para conciertos de Sprinsteen y U2, era medio profesional del tema. No recuerdo si las compramos en las taquillas de Aribau o en discos Revolver, ni cómo fue la secuencia temporal que les llevó a ampliar la tanda de conciertos de tres a seis primero y de seis a ocho finalmente, porque las entradas volaron. Nosotras habíamos decidido que iríamos a tres conciertos, y el del sábado se añadió después y a ese fuimos con “las chicas de Llesp” pero ya teníamos las de lunes y martes, y me estoy haciendo un lío, pero yo me entiendo. El caso es que fuimos el lunes, y volvimos el martes y aunque sabíamos que nos quedaba el sábado, el miércoles quisimos repetir. No teníamos entrada pero la sacamos en la reventa al precio original, más listas que el hambre fuimos, aunque un reventa “profesional” casi nos parte la cara. Estoy segura de que no metieron a más de 2.000 personas por concierto, porque pese al “entradas agotadas” se estaba cómodo y pudimos estar en las primeras filas todos los días y os juro que el miércoles Manolo García nos miraba, probablemente un poco asustado de vernos allí por tercera noche consecutiva (juro que Cr. y yo no somos las fans de las que huyó en un taxi como contó en el Primera Persona). 


Con aquella tanda de cuatro conciertos los había visto ya seis veces. Los vería una séptima en Ibiza (estaba de vacaciones en casa de una amiga, maravillosa coincidencia) y una octava y última en el Palau d’Esports, la mencionada más arriba de 1995. 


En estos veinte años los he escuchado poco, y casi solamente “Enemigos de lo ajeno”. 
La recuperación de su figura por parte de la modernidad barcelonesa ha coincidido con un tocadiscos regalado en mi último cumpleaños, así que en Navidad recuperé mi exigua colección de discos (me sigue costando decir “vinilos”) y allí estaban estos cuatro. 


Ayer tuve una regresión a la adolescencia y los veinte años brutal. Constatar que aún te sabes las letras, de pe a pa, de todas las canciones. Emocionarte con las versiones que hicieron los cuatro grupos, pero especialmente, porque le salió preciosa, con “Disneylandia” y por lo que siempre ha significado, “Insurrección”. 

Terminó la canción y salió Manolo a despedirse, agradecer y mostrar que estaba abrumado por lo que había pasado allí aquella noche, se acordó de Quimi (realmente, tal como fueron las cosas, un homenaje encubierto a El Último de la Fila aunque Manolo no quisiera reconocerlo, tarjeta roja a la organización por no haberle llevado también) y yo temblé durante diez minutos. 

2 comentarios:

Núria RIL dijo...

Perles com aquesta bé valen una regressió al passat, ara i sempre: http://youtu.be/IFRj7RRgkg8

teïna dijo...

Boníssim post! Enhorabona!