Estaba con los pocos libros que acabaron en Llesp después de alguno de mis traslados. Que pronto se reunirán con los que se amontonan en mis estanterías hipotecadas.
Al abrirlo vi la dedicatoria y la fecha: me lo habían regalado para mi cumpleaños, en 1995.
Entonces lo leí ordenado, diciéndome que algún día lo haría siguiendo la secuencia marcada. Acababa de terminar El retrato de Dorian Grey y no tenía a mano ninguno de los libros que guardan cola esperando que los vaya leyendo.
Así que quince años más tarde me tienes leyendo Rayuela de nuevo. Preguntándome si entonces entendí todo lo que entiendo ahora, si me fascinaron los mismos pasajes, si tuve la madurez (¿intelectual? ¿vital?) suficiente para comprenderlo. Preguntándome porque este párrafo no quedó grabado a fuego en mi memoria:
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan , se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
Julio Cortázar, Rayuela, capítulo 7.



