
Llegamos ayer. Día soleado como si estuviéramos en el Mediterráneo en vez de en Mitteleuropa. Comemos en una terraza justo frente al reloj, donde nos clavan, pero da igual porque no pagamos nosotras. Paseo hasta el puente, cruzamos a Mala Strana y subimos al castillo. Hacemos mil fotos cada una. Al bajar llevo a mis amigas al pequeño café al que se llega por un callejón tan angosto que hasta hay un semáforo de peatones. La gracia del café es que su terraza tiene una vista privilegiada del puente. Alucinan de que 14 años después todavía me acuerde. En esa terraza tomamos café los 4 ó 5 días de mi primera visita a esta ciudad, era el único pequeño lujo que podíamos permitirnos entonces.
Tomamos una cerveza en un bar, bonito, pero con música house mala a volumen no tolerable.
Hace 14 años en los bares sonaba música clásica, o folklore. No encontré, y fue una pena, aunque seguiré intentándolo estos días, el bar de autóctonos en el que nos sentamos años ha en una mesa compartida, a bebernos 3 botellas de Staropramen cada uno al lado de un par de señores con bigote de puntas largas, de uno de los cuales pudimos admirar su estupenda dentadura postiza: se le saltó en un estornudo y decidió que no valía la pena volver a ponérsela, y la dejó encima de la mesa, al lado del reloj que intentaban reparar y de nuestras botellas vacías.
El motivo de esta entrada, una constatación: el tamaño "normal" de una cerveza, ya sea de barril o de botella, es de 0,5 litros. Las botellas de agua mineral, 0,25 litros.
Segunda constatación: la plaza Wenceslao y la calle Na Prikope parecen Portal de l'Angel y Pelai. H&M, Zara, Mango, Nike, Sephora... todos han desembarcado aquí ya. Estas calles tenían más encanto antes, aunque dudo que los praguenses me den la razón, y no les culpo.
El curso de estadística, de momento bien. Hasta parece fácil.


